El mundo se quebró una mañana cualquiera, sin ruido.
No hubo cataclismo, ni fuego, ni trompetas;
sólo el eco de una voz que nadie quería oír: “Dios ha muerto”,
y el viento quedó suspendido,
como si el aprendiz tiempo olvidara su oficio.
El hombre vio su sombra flotar,
no había barca, ni remos, tampoco asidero;
sólo un océano frío e inmenso bajo los pies del pensamiento.
De pronto comprendió: ya no había arriba ni abajo,
sólo un abismo retando a ser nombrado.
Las teorías se diluyeron como nudos viejos.
La brújula del Arte estalló en fragmentos, y cada trozo
reflejó un punto distinto: una mirada que no sabía dónde posarse.
Así nació el cubismo, el faro que ya no podía
a un solo horizonte entregarse.
En Picasso, el mundo se abrió como transe.
En las líneas de Kandinsky, el alma añoraba la pulcra geometría.
Todo era música disonante, gritos de orgía,
una búsqueda incierta y sin guía,
una fe deshecha, que sin embargo volvía.
Volvía como un niño,
y entre tanto miró, en los trazos infantiles de Miró,
la puericia del mundo, tan ingenua y tan honda,
donde el deber cede al querer, y el alma novicia, como en Nietzsche,
en metamorfosis vuelve a crear, a ser.
Los hijos de Tales no fueron el revés:
también ellos buscaron nuevas formas mentales.
Husserl ordenó “volver a las cosas mismas”,
pero desde la Selva Negra se oyó: “¡qué vasta la playa del Ser”!
Andaban en las mismas y encontraron, no principios,
sino motivos para desgarros estrenados.
El lenguaje advirtió su propio resquebrajo.
Foucault enterró al hombre en el fondo de las palabras,
mientras Derrida escribía en la orilla: “no hay un afuera del texto”.
Las olas inquietas pronto borraron esa frase, pero
la espuma seguía susurrándola en versos.
Entonces, Idea y Forma se dieron el beso.
La prosa de Camus abrazó la roca en soledad;
el drama de Sartre gritó la libertad como factum y condena.
La ausencia punzante devino extraña promesa,
apología de la “impotencia danzante”
.
No hay absolutos, sólo este instante,
donde las ideas logran reabrir sus alas toda vez que caen,
como polluelos reinventando su vuelo inaugural.
El Arte por igual, sólo que nombra el
desgarro superándolas a todas.
No hay salvación, ni desquicie,
sólo opacidad dolosa, vital esguince, donde Filosofía
y Arte en cita se dicen: “todavía hay este mundo, aunque gime”.
Caminamos entre escombros que
una vez fueron muelles, ¡pero caminamos!,
y aún hay quien lo cuente.
Carlos Rosario: profesor de filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.