Todo sucede tan rápido… La prueba final de Geología casi está en manos de tus compañeros. Te desmontas del ómnibus con un ágil salto a las seis y cincuenta y cinco de la mañana. Estás preocupado. Los nervios desdibujan tus buchetes. Nunca ha sido tu costumbre llegar tan tarde, pero ahora, en el momento exacto para culminar el único examen del semestre universitario, estás lo bastante retrasado como para cederle un minuto más al tiempo. El congestionado tránsito, a consecuencia del “Black Friday”, ha convertido en trizas tu puntualidad. Caminar, rebasar idiotas que se sumergen en sus teléfonos en la acera y mirar el reloj hasta la mortandad son la lucha de tu instante, de ese tiempo que se reduce a tan sólo noventa segundos, restándote una doble vía por pasar. Miras con cautela hacia el puente y cambias de planes, pues en él hay un apelotonado gentío. Consultas el reloj: tienes cuarenta segundos. Sientes que cada paso equivale a un movimiento más de las manecillas del cronógrafo que ahora se incrustan en mi morada. Decides cruzar las calles. Avizoras, aunque con vista un tanto nublada, un camión de Coca—Cola a la lejanía con velocidad de anciano de ochenta años, como tu padre, que en estos momentos se encuentra ingresado en el séptimo piso del hospital Luz de Ángel de La Vega, a espera de ese título universitario que llene de beatitud su existencia. Logras pasar la primera vía. Respiras. Amarras los cordones. Me quieres preguntar algo más, pero no recuerdas qué cosa es. ¡Hurra! Consultas el reloj: treinta y tres segundos. Limpias los anteojos con tu camiseta. El semáforo está en verde, pero los vehículos se ven a considerable distancia. Basándonos en los planteamientos de tu profesor de Física de secundaria, a esa distancia se puede llegar al otro lado sin dificultad, no hay dudas de ello. Avanzas. Tus pasos son firmes. Uno, dos. Tres, cuatro. Cinco, seis… Un carro negro sale a toda marcha por la Avenida Ercilia Pepín. Una patrulla policial sigue detrás del auto fugitivo. Las personas en el puente se detienen ante la persecución. Das cinco pasos. Escuchas bambolear los neumáticos del vehículo negro. La sirena empieza a retumbar en tus oídos. Das tres pasos. Los aceleradores llegan hasta el fondo. Sacas el reloj: veinte segundos. Das dos pasos. Un grupo de personas se dirige hacia la autopista, casi todos con teléfonos a mano. “Debieron agarrar al ladronzuelo ese. ¡Al fin la justicia se hace sentir en este fragmentado país!”, me gesticulas. No digo nada al respecto, tengo una congoja que apenas me insta a hablar. Sacas el reloj: ocho segundos. Y corres. En estos instantes, el educador Jacinto Peña debe estar mandando a bajar todo a los educandos de los pupitres, reprochando el grupo más fastidioso del salón de clases. “¿Estará Lulú pensando en mí?”, me preguntas con frialdad. Me siento muy agotado… Sabes que ayer nos acostamos a las cuatro y media estudiando todo el contenido de las cátedras de Geología. No sé si aún debas avanzar hacia el curso, creo que lo primordial sería ir hacia el baño y limpiar esa sangre de tus rodillas. Miras hacia arriba: el sol nace, el cielo azul casi por completo, algunas nubes juguetean esparcidas por Occidente. Siete segundos. Bajas la estrecha escalonada. Llegas hasta el baño. Seis segundos. Te limpias las manos con agua. Casi no la sientes rodar por tus dedos, y no es para menos, la Ciencia ha avanzado muchísimo en estas últimas décadas. Cinco segundos. Buscas el papel higiénico y te diriges frente al espejo. Dos segundos. Tu fisonomía no se proyecta. Un segundo. “¡En esta mierda de universidad nada sirve!”, creo que me reclamaste —con una voz ya esfumada—, poco antes de que todo se te hiciera tan oscuro y despertaras tirado en la doble vía (viendo a tu padre llorar desde una silla de ruedas), mientras el médico legista terminaba de colocar la sábana sobre tu cadáver, a las siete en punto de la mañana.
Segundos
Faustino Medina
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