
Prof. Franklin Omar Vargas
Cuando apenas iniciaba mi vida universitaria comenzó a nacer en mí una inquietud silenciosa, la conciencia de que los puntos de vista moldean la realidad y de que un mismo acontecimiento puede dar origen a múltiples versiones. Aquella curiosidad, que en principio parecía una reflexión personal, pronto encontró su camino hacia la historia. Para mí fue un descubrimiento tan natural como audaz, pues al mismo tiempo surgía una pregunta esencial sobre cuál era, en verdad, el papel del historiador. Llegué incluso a pensar que los historiadores podían poseer una verdad definitiva sobre el pasado, una certeza capaz de cerrar toda discusión.
Con el tiempo comprendí que esta inquietud no era ajena a la experiencia cotidiana. Siempre la asocié a las dinámicas familiares, donde las voces de autoridad administran los relatos y, sean estos ciertos o no, suelen asumirse como verdades incuestionables. Sin embargo, en el interior permanece una distancia silenciosa, aceptamos aquello que se nos dice, pero al mismo tiempo lo interrogamos desde nuestra propia conciencia. Así entendí que, mientras los seres humanos sean dueños de la palabra, nunca existirá una única mirada sobre los hechos, sino una constelación de interpretaciones que dialogan, se enfrentan y, en ese movimiento, dan sentido a la historia misma.
Un poema maravilloso escrito por Bertolt Brecht me dio las herramientas para comprender que la historia suele permanecer del lado de quien posee la fuerza:
“¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas? En los libros aparecen los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra? Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores? ¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?”
No fue necesaria una reflexión prolongada para advertir que se trataba de una historia observada desde el sometido, una mirada inquieta que cuestionaba los silencios del relato tradicional. Para entonces ya me encontraba inmerso en el debate histórico universitario y observaba con intensidad la insistencia de muchos historiadores en defender una narración construida desde el poder. Resultaba inevitable reconocer en ello aquello que solemos denominar historia oficial.
Este punto de la historia posee una naturaleza particular y, en apariencia, poco ambigua. Su sentido se presenta como claro y firme, casi ajeno a la interpretación. Es una historia estrechamente vinculada al Estado y, aunque puede aspirar a la rigurosidad científica, también adopta un tono épico y sentimental, profundamente celoso de sus propias narraciones y de la memoria que decide preservar.
la naturaleza de la historia oficial se concentra en 3 puntos:
Hay héroes y villanos. Esta forma de narrar la historia busca crear conciencia moral y, para lograrlo, personifica valores en figuras históricas que funcionan como modelos a seguir, mientras que quienes encarnan los antivalores ocupan el lugar del villano. La historia deja entonces de ser únicamente explicación del pasado para convertirse también en un ejercicio pedagógico dirigido a orientar la sensibilidad colectiva.
Dentro de la historiografía mexicana aparece con claridad la figura de Hernán Cortés, militar conquistador y protagonista de la caída del Imperio azteca, aquel vasto mundo cuyo desarrollo cultural, social y militar seguía su propio ritmo histórico hasta la irrupción de la conquista. Resulta poco probable que los estudios sobre Cortés y el proceso conquistador sean empleados para representar los ideales del proyecto nacional mexicano, razón por la cual su imagen se desplaza hacia el terreno del antagonista histórico.
En este proceso interviene un componente psicológico decisivo. La narrativa transforma al personaje en una figura moralmente clausurada, bloqueando la posibilidad de asumirlo como ejemplo o de analizarlo desde múltiples puntos. El lector queda conducido hacia una lectura simplificada, aquí la complejidad histórica se reduce al esquema emocional del ladrón y el despojado, sustituyendo la comprensión crítica por una identificación inmediata con víctimas y culpables definidos.
¿Qué es lo que debemos esperar del villano? Rechazo. Sin embargo, no se busca eliminarlo de la historia, sino utilizarlo como referente de aquello que no representa a México, o más bien de lo que no encarna el buen accionar ni los valores cristianos que, dicho sea de paso, llegan también con el conquistador. Analizar esta última complejidad no constituye una de las misiones de la historia oficial; por ello, más que una crítica, lo aquí planteado responde a una naturaleza propia de este género.
Es una historia hegemónica y formativa, comprometida con la construcción de una narrativa afiliada a los intereses del Estado-nación. Su principal tarea consiste en generar el discurso oficial del pasado y, para ello, dispone de los recursos estatales que garantizan su difusión total como versión legítima de la historia. Al dividir el relato entre héroes y villanos, crea el escenario propicio para exaltar al héroe de manera avasallante; oponerse a esta lógica implica avanzar contracorriente hasta rozar la acusación de traición a la patria, un lugar simbólico al que nadie desea ser llevado por representar uno de los señalamientos más severos dentro de la conciencia nacional.
Estos ejemplos se manifiestan con frecuencia en América Latina: en Venezuela, Colombia, Bolivia y Ecuador mediante el discurso construido alrededor de Bolívar; en Argentina y Perú con la figura de José de San Martín; en Panamá con Justo Arosemena; en la República Dominicana con Juan Pablo Duarte; en Estados Unidos con George Washington; y en Haití con Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines. Todos ellos han sido convertidos en héroes nacionales respaldados por la maquinaria estatal, que, a través de las efemérides y la educación, consolida una memoria histórica.
El Estado es su principal fiscalizador y responsable de su hegemonía, aunque no necesariamente esta narrativa se emplea para dividir la historia entre invasores y defensores del territorio. Esta característica aparece con mayor claridad en la propaganda y en la producción cultural impulsada por regímenes tiránicos, los cuales reinterpretan el pasado mediante comparaciones de carácter mesiánico, separando la historia de los pueblos en un antes y un después del supuesto redentor. Asimismo, se convierte en una herramienta del gobernante de turno para magnificar su obra y procurar que su nombre quede encumbrado en los anales de la historia como artífice del bienestar nacional, utilizando con frecuencia la figura del padre de la patria como referente de comparación o incluso intentando sustituirla, como ocurrió con Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana.
Hace que el Verbo se haga carne. El Verbo (Logos) se refiere a la palabra divina, asociada a Dios o al ideal de bienestar, y al hacerse carne asume una condición humana. En la narrativa nacional, los padres de la patria pasan a representar esa encarnación simbólica del verbo, convirtiéndose en figuras históricas intocables e incuestionables, elevadas casi a una dimensión sagrada. La historia oficial rara vez los interpreta como seres humanos imperfectos; por el contrario, los presenta como modelos de perfección y como el ideal de ciudadano que se busca formar. Su función no consiste en someter estas figuras al análisis crítico, sino en exaltar con grandeza su papel dentro del relato histórico.
Esta imagen casi divina desempeña un papel determinante en la labor del historiador, pues con frecuencia se ve obligado a asumir una posición defensiva para poder integrarse a las grandes instituciones académicas. No adherirse a la exaltación de estas figuras suele interpretarse como un gesto de antipatriotismo. En la República Dominicana, el interés colectivo gira constantemente en torno a Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella; y todo aquel que aspire a participar de la hegemonía narrativa parece llamado a emular sus ejemplos y a escribir sobre ellos sin tachaduras ni fisuras críticas.
A todo lo anterior nos preguntamos si puede la historia oficial convertirse en una historia inquisidora. La respuesta conduce inevitablemente a la reflexión. Puede ser científica, sí, pues el historiador evalúa un contexto y, en gran medida, el propio contexto termina hablando por sí mismo. ¿Puede la historia oficial absorber las demás versiones del pasado? Podría hacerlo, aunque difícilmente sería lo más saludable para la comprensión histórica. Surge entonces otra pregunta, cómo llega la historia oficial a adquirir un carácter tan avasallante. Existe un adagio que afirma que “a mayor altura, mayor es el vértigo”, lo que, trasladado a este ensayo, sugiere que mientras más vasto y complejo ha sido nuestro pasado, más amplia y dominante tiende a ser la historia oficial.
¿Estaré yo dispuesto a abrazarla plenamente? Nada relativo a la nación debería resultarnos ajeno, pero es necesario reflexionar sobre los excesos y sus consecuencias, especialmente cuando estos conducen a estados de atrofia intelectual. El historiador escribe para comprender mejor a su nación y debe asumir con responsabilidad cada palabra que deja escrita, tal como advertía M. Bloch, recordándonos que el oficio histórico implica siempre un compromiso ético con la sociedad y con el pasado que se interpreta.