Entre la apologética y la historia: crisis del pensamiento histórico

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El ensayo que está a punto de leer ha sido escrito con la intención de crear con usted, amigo lector, un debate amistoso sobre la crisis de ceguera epistémica en la que parece que nadie se fija o muchos deciden mirar para otro lado, ya sea porque resulta conveniente o porque simplemente le ha fallado la nación. 

Asistí a una graduación y le pregunté a alguien de qué se graduaba y me respondió: “Hice una maestría y ahora soy historiadora”. Luego conversamos sobre Trujillo, José Gabriel García y Pedro Santana; todas sus ideas orientadas en condenar o glorificar; lo hacía con tanta energía que me pareció familiar: lleva consigo la idea que le propicia la formación. Ese día se convirtió en un miembro de la familia y progresivamente multiplicará el oficio tal cual le fue enseñado. Con ayuda de esto último, será fiel, seguidor de los prejuicios, de las apologías, defensor de santos y también entiende la historia como disciplina que solo se presta a la historia oficial. 

Esta postura acrítica se manifiesta con claridad en debates históricos sensibles, como el  caso Santana/Duarte, problema que se forma en el mismo momento en que autores de la época empezaron a escribir textos comprometidos con su forma de ver la historia, de ahí los historiadores navegan dentro de la narrativa de confundir el oficio del historiador con el de defensor moral y también surge el debate de las dos figuras que no conduce a nada, es decir, la forma en cómo se confeccionan las fuentes -cuando responden a una lógica apologética influye directamente en cómo una comunidad aprende ver la historia, por lo tanto recaen en hallazgos superficiales y en muchos otros casos: inertes. 

La historia oficial, construida muchas veces sobre intereses particulares, se presta para fabricar apologías disfrazadas de objetividad. Esta tendencia a silenciar la complejidad del pasado fue advertida con lucidez por Simone Weil, cuyas producciones nos dicen a gritos: “La historia oficial es una cuestión de creer a los asesinos por su propia palabra” y con esto nunca quiso decir que la historia oficial estaba estrechamente ligada a manos criminales, más bien coincidía con Walter Benjamin, quien en su tesis VII advertía de manera magistral del peligro de ignorar las manos que escriben esas historias. 

Si me preguntan, el oficio del historiador no está en hacer apologías particulares ni responder a intereses de la historia oficial. La naturaleza del historiador responde a conocer el contexto de las cosas, los intereses, engranajes y por supuesto, la coyuntura que como llegó a decir Pierre Vilar “equivale a definir el momento”, es decir, el historiador no debe estar para construir una narrativa en donde hay héroes o villanos. No es la figura Trujillo, sino los factores que lo crearon. No es lo que escribió José Gabriel García, sino por qué lo escribió. Tampoco es lo que haya hecho Santana sino lo que representaba en la época. Esto último tampoco se debe prestar para novelizar el personaje como un incomprendido cuya defensa sea la denigración de otras figuras.

En 1949 se publica Introducción a la historia de Marc Bloch, cuya lectura debería ser básica por su naturaleza conceptual, nos dice que el historiador no debe responder a sus emociones y debe aislarse del juicio de los personajes, porque como dice Pascal “al juzgar todo el mundo hace de dioses”. El historiador más bien debe hacer una radiografía del tiempo en cuestión, siempre sabiendo que va a coquetear con la verdad, más no contará con ella.

Para conocer el contexto de las cosas, los intereses, engranajes e interpretar coyunturas, es preciso que todo quien se diga llamar historiador, debe manejar teorías y filosofía de la historia. De lo contrario es una violación a la interpretación de la disciplina. Si no maneja la filosofía de la historia, entonces no tendremos bases teóricas para construir nada o si solo vio una sola forma de ver la historia, caerá en la privación del desarrollo del historiador. Por tanto, ejercer la historia es pensar las estructuras más allá del dogma, no idolatrar personajes. 

Franklin Omar Vargas

Lic. en Ciencias Sociales (UASD). Especialidad en Historia Americana (UNAM) y Master of Arts (M.A.) en Historia Dominicana (UASD). Encargado de la Cátedra de Humanidades en el Colegio Ad Maiora. Ensayista, con incursiones en los campos de la filosofía, la literatura y la antropología.

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