Considero necesario dedicar un espacio a profundizar en algunos aspectos planteados en el ensayo En torno a la historia oficial. Me resulta gratificante saber que dicho texto generó debate, aunque, en ciertos casos, dio lugar a interpretaciones alejadas de su intención original. Aun así, valoro los comentarios de quienes realizaron lecturas distintas, pues mi compromiso ha sido siempre proponer nuevas ideas y abrir espacios de reflexión en torno a los temas históricos.
Quien escribe no debe responder a los sentimientos de quien lee, sino despertar el asombro y la reflexión en el lector, pues es en ese ejercicio donde el pensamiento encuentra su verdadera razón de ser. De lo contrario, estaríamos aceptando como válido el intento de romantizarlo todo y renunciaríamos a la objetividad frente a los problemas que exige analizar la historia con rigor crítico.
Para garantizar una lectura comprensible, me veo en la necesidad de ir respondiendo por puntos:
1 La intención nunca fue construir una epistemología del antagonismo patrio ni sembrar una oposición frente al relato nacional. La historia no necesita enemigos para sostenerse; necesita comprensión. La historia es lo que es, pero lo que varía es su interpretación. Y toda interpretación (incluso la pronunciada desde el presente) es una hilación: un ejercicio de ordenar hechos dispersos para darles coherencia y sentido político en el presente.
Aquí resulta pertinente recordar el mito del hilo de Ariadna. El hilo no elimina el laberinto, no lo simplifica ni lo niega; simplemente permite atravesarlo sin extraviarse. Esa es la función de la historiografía oficial dentro del Estado-nación: ofrecer una ruta estable, una narrativa que unifique, que evite la fragmentación simbólica. Sin embargo, el hilo no es el laberinto completo, es solo una de las posibles formas de recorrerlo.
Cuestionar ese hilo no convierte a nadie en antipatriota. El patriotismo no puede reducirse a la aceptación acrítica de un relato. Es una forma de vida que se sostiene sobre tres pilares fundamentales: sentido de pertenencia, reconocimiento de la alteridad y vínculo territorial. Desde esa perspectiva, se puede hacer un aporte profundo a la patria sin recurrir necesariamente a una historia construida alrededor de una versión oficial incuestionable.
Y conviene poner los puntos sobre las íes: no se puede seguir depositando todo el sustento simbólico de una nación sobre figuras que, por más de largas décadas, han sido presentadas como modelos ejemplares sin que ese modelo logre reproducirse socialmente.
2.
Los valores no son propiedad exclusiva de individuos concretos ni pertenecen ontológicamente a figuras históricas determinadas. Los valores son conductas humanas que se expresan en actos. No están inscritos en los nombres, sino en las acciones. Por eso, convertir a ciertas figuras en depositarias absolutas de la moral nacional termina deshumanizando aquello que, en esencia, es profundamente humano.
En el antiguo Egipto, el difunto comparecía ante el tribunal divino y no solo declaraba lo que no hizo (no robé, no maté) sino también lo que sí hizo en favor de otros: di pan al hambriento, di agua al sediento, di ropa al desnudo, di una barca al que no la tenía. La escena no gira en torno al prestigio ni a la grandeza política, sino a la empatía concreta. El juicio se articula sobre la responsabilidad ética frente al otro.
La pregunta entonces adquiere peso filosófico: ¿esos valores pertenecen a los dioses o emergen de la condición humana? No es necesario extender demasiado la respuesta. Los valores que buscamos obsesivamente en figuras del pasado están disponibles en el presente, en cada individuo. No requieren monumentalización, requieren práctica.
El discurso reiterado que insiste en anclar la moral colectiva en próceres del pasado revela una desconfianza implícita hacia el hombre del siglo XXI. Pero tampoco funcionó el hombre del siglo XX como referente. Quizás lo que se necesita no es intensificar el bombardeo de historia oficial cada vez que surgen escándalos estatales, sino asumir una ética ciudadana menos dependiente del relato heroico. Roma ofrecía circo cuando necesitaba distraer mientras el senado hacía de las suyas.
3.
A lo largo de la historia ha sido recurrente la necesidad de crear figuras que unifiquen simbólicamente a la nación. Esa función integradora no está en discusión. Toda comunidad política requiere referentes que articulen identidad y pertenencia. Lo que se discute aquí no es la existencia de tales figuras, sino las características de la historia oficial como modalidad específica de construcción histórica.
Existen distintas formas de hacer historia. La historia científica se fundamenta en el método, en el análisis crítico de fuentes y en la contrastación documental rigurosa. La historia religiosa interpreta los acontecimientos desde una perspectiva providencial, leyendo los hechos desde una interpretación trascendental. Y la historia oficial es aquella versión promovida y legitimada por el Estado y el poder político, con fines de continuidad institucional.
El problema no surge por la coexistencia de estas formas, sino cuando una de ellas pretende monopolizar la verdad histórica. Cuando la historia oficial se presenta no como interpretación, sino como dogma; no como relato entre otros, sino como relato único. En ese momento, la historia deja de ser espacio de reflexión crítica y se convierte en instrumento de legitimación.
