La narrativa constitucional de la República Dominicana tiende a presentar el nacimiento de la nación como el resultado de un único momento fundador, casi como si la historia hubiese condensado su complejidad en un relámpago patriótico protagonizado por Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella, articulados en torno a la sociedad secreta conocida como La Trinitaria. Sin embargo, cabe cuestionarse si una nación puede reducir su constitucionalidad a un solo «revuelo» histórico. Desde una perspectiva historiográfica rigurosa, la respuesta es negativa: toda constitucionalidad es el resultado de procesos acumulativos, tensiones sociales, coyunturas geopolíticas y disputas ideológicas que desbordan cualquier episodio aislado. La independencia dominicana de 1844 no se originó de manera espontánea, sino que fue precedida por la ocupación haitiana (1822-1844), así como por el período conocido como España Boba (1809-1821), la breve independencia de 1821 y, más atrás en el tiempo, por siglos de colonialismo español. La simplificación de un entramado más complejo a través de la reducción de su acto originario a un único acto simplifica significativamente la estructura.
En relación con la cuestión planteada, es preciso esclarecer si la parte oriental de la isla se encontraba bajo el dominio de una «potencia extranjera» durante el período haitiano. La pregunta plantea una serie de consideraciones que deben abordarse con precisión. Haití se constituyó como el primer Estado negro independiente y un símbolo global de emancipación anticolonial cuando proclamó su independencia el 1 de enero de 1804 bajo el liderazgo de Jean-Jacques Dessalines, tras derrotar a Francia en la decisiva Batalla de Vertières. Al unificar políticamente la isla bajo su gobierno en 1822, parte de sus motivaciones fueron evitar el retorno del dominio europeo en el este. ¿Puede considerarse esto como un acto de solidaridad anticolonial o más bien como una imposición política y administrativa? Ambas lecturas han coexistido. Desde una perspectiva jurídico-política, se llevaron a cabo supresiones de instituciones locales, imposiciones de leyes y centralización del poder en Puerto Príncipe. Desde la perspectiva haitiana, se implementó una estrategia defensiva para garantizar la supervivencia del nuevo Estado frente a las amenazas de Francia y otras potencias.
Las citas fundacionales condensan esa tensión conceptual:
«Vivir sin Patria, es lo mismo que vivir sin honor» – Juan Pablo Duarte.
«Nuestra Patria ha de ser libre e independiente de toda Potencia extranjera o se hunde la isla» – Juan Pablo Duarte.
Es menester esclarecer el concepto de «potencia extranjera», y en particular, si el mismo se limita únicamente al caso de Haití. Al analizar el contexto intelectual de Duarte, se evidencia que su ideología se alineaba con los principios republicanos, liberales y soberanistas, y que se posicionaba en contra de cualquier forma de dominación externa, incluyendo la española. De hecho, la posterior anexión a España en 1861 confirmó que el problema no radicaba únicamente en la relación con Haití, sino en la fragilidad estructural de la soberanía dominicana frente a múltiples fuerzas externas. Por tanto, el concepto de «potencia extranjera» no puede reducirse mecánicamente a Haití, sino que se refiere a cualquier estructura de poder que anule la autodeterminación política.
Por lo tanto, cabe plantearse la hipótesis de que Haití buscaba liberar el este del país de futuras recolonizaciones europeas. Esta hipótesis se fundamenta en el contexto geopolítico de la época, sin menospreciar el hecho de que la unificación se llevó a cabo sin el pleno consenso de las élites y los sectores sociales orientales. En este contexto, es fundamental establecer una distinción crucial: la intención declarada de un gobierno no se traduce automáticamente en legitimidad percibida por la población gobernada. La historia no es una ecuación moral simple, sino un campo de fuerzas donde la emancipación y la dominación pueden entrelazarse de formas paradójicas.
Por lo tanto, más que cuestionar la narrativa dominante o reemplazar un mito por otro, el desafío intelectual radica en enriquecerla. La constitucionalidad dominicana no se origina a partir de una única acción o reacción frente a una potencia específica. Este resultado es el producto de una extensa dialéctica entre colonialismo, unificación forzada, proyectos republicanos, anexiones, guerras restauradoras y disputas internas. La nación no surge de un momento de pureza, sino de una serie de decisiones humanas tomadas en circunstancias extremas. Es preciso considerar que concebir la patria con rigurosidad implica reconocer que su origen no es una entidad estática, sino un proceso histórico repleto de ambigüedades que aún hoy suscitan la necesidad de un examen crítico.
Al examinar el concepto de independencia con rigor histórico, se revela que no puede simplificarse fácilmente a un acto fechado el 27 de febrero de 1844. La independencia no se logra de la noche a la mañana, sino que es el resultado de un proceso largo, conflictivo y acumulativo. Al examinar los eventos que condujeron a la formación de la estructura colonial que moldeó la economía, la cultura, las jerarquías raciales y las formas de poder en la isla de La Española en 1492, se plantea la pregunta de si era posible concebir la identidad nacional antes de la emergencia de la nación moderna. Aunque estrictamente hablando no es posible, sí es pertinente mencionar las experiencias históricas compartidas que, con el paso del tiempo, contribuyen a la conformación de una conciencia colectiva. La colonización española, la división de la isla, la cesión a Francia en el siglo XVII, la denominada España Boba y las múltiples transiciones de soberanía fueron sentando las bases para que la idea de autodeterminación surgiera como una necesidad histórica.
Desde esta perspectiva, la emancipación dominicana no puede comprenderse como un suceso aislado, sino como una secuencia de intentos, fracasos y reconfiguraciones. La proclamación independentista de José Núñez de Cáceres, aunque efímera, constituye un momento clave: ¿se trató de un simple error político o fue un eslabón fundamental del proceso? Más que un fracaso, puede considerarse una experiencia de conciencia política que puso de manifiesto la fragilidad estructural del proyecto estatal en el este de la isla. De manera similar, la resistencia restauradora liderada por Gregorio Luperón contra la anexión a España en 1863 evidencia que la independencia no se había asegurado en 1844, sino que fue necesaria su reafirmación en sucesivas ocasiones. Incluso en el siglo XX, figuras como Francisco Alberto Caamaño personificaron la defensa de la soberanía constitucional frente a nuevas formas de intervención, lo que sugiere que la independencia constituye un horizonte ético-político más que un hecho consumado.
Al afirmar que la República «ha de ser libre», se hace referencia a una aspiración constante y fundamental. A pesar de que pertenecen a generaciones distintas, Juan Pablo Duarte y Gregorio Luperón comparten un mismo núcleo normativo: la soberanía como principio irrenunciable. En este sentido, la independencia se manifiesta como un proceso y una vigilancia constante, lejos de ser una reliquia histórica.
En este sentido, el problema de la identidad nacional se intensifica cuando se aborda la categoría de «padres de la patria». Por favor, proceda a responder a la siguiente cuestión: ¿Hasta qué punto es posible reducir el origen de la nación a tres figuras canónicas? La tradición ha enaltecido a Duarte, Sánchez y Mella como una tríada fundacional. Sin embargo, cabe preguntarse si esto no representa una simplificación pedagógica que se aproxima a lo mitológico. La construcción de héroes desempeña una función simbólica, facilitando la transmisión de valores y la cohesión de imaginarios colectivos. En este sentido, la historiografía académica se enfrenta al desafío de evaluar si esta tríada abarca la diversidad de actores que participaron en el proceso de emancipación.
En este sentido, figuras como Concepción Bona adquieren una relevancia significativa. Ella fue una de las personas que confeccionaron la primera bandera dominicana, un acto de profundo simbolismo. ¿Es posible que una nación ignore la contribución de la dimensión femenina en su proceso de emancipación, y que, como resultado, suene su memoria histórica? La exclusión sistemática de mujeres y sectores populares en los relatos oficiales responde más a patrones culturales del siglo XIX que a una evaluación objetiva de su contribución.
La reflexión crítica que propone Juan Isidro Jimenes en su obra El mito de los padres de la patria aborda precisamente esta tensión. Cabe preguntarse entonces por qué se utiliza el término «mito». Esta iniciativa no se ha emprendido con el propósito de menospreciar la grandeza de los próceres, sino para resaltar el hecho de que toda nación crea narrativas simplificadas que transforman procesos complejos en relatos lineales. Desde una perspectiva antropológica, el mito no debe ser considerado como una falsedad, sino más bien como un relato fundacional que otorga sentido. La cuestión fundamental radica en determinar si dicho relato excluye de manera injusta a otros actores o impide una comprensión más profunda del pasado.
Por lo tanto, aceptar la existencia de tres Padres de la Patria no conlleva el cierre del panteón histórico. La conciencia nacional es una obra colectiva y dinámica. La historiografía contemporánea ha experimentado una evolución que ha llevado a un enfoque más amplio, reconociendo que la nación es una construcción social influenciada por diversas fuerzas, incluyendo a las élites ilustradas, los combatientes anónimos, las mujeres, los campesinos, los intelectuales y los movimientos posteriores que defendieron la soberanía. La independencia, desde esta perspectiva, no se representa como una estatua con tres nombres grabados en mármol, sino como un proceso vivo que requiere la participación de múltiples voluntades y que sigue exigiendo un examen crítico para evitar su transformación en un dogma.
Concebir la independencia como un proceso y no como la absolutización de un instante histórico permite una comprensión más coherente y madura de la identidad dominicana. La nación no emerge como una chispa aislada en 1844, sino como una combustión lenta alimentada por siglos de tensiones, resistencias, anexiones, restauraciones e intervenciones.
Por consiguiente, cabe formularse la siguiente cuestión: ¿qué significa «ser dominicano»? ¿Se trata de una identidad inmutable vinculada a una fecha conmemorativa o de una construcción histórica en permanente elaboración? Al aceptar esta segunda opción, se amplía el panorama: la identidad nacional deja de ser un monumento estático para convertirse en una trama viva en la que han intervenido múltiples generaciones. La ampliación del espectro de figuras reconocidas como protagonistas no solo no diluye la historia, sino que la dota de mayor profundidad y equidad.
Asumir esta perspectiva conlleva reconocer que los sujetos históricos no son meros herederos pasivos de un acontecimiento fundacional, sino que se erigen como actores que reinterpretan y sostienen la soberanía en cada coyuntura. La independencia, interpretada de esta manera, no se considera un estado final, sino más bien como una responsabilidad continua. ¿Es posible que una nación se proclame oficialmente independiente si sus sistemas políticos, económicos o culturales mantienen relaciones de dependencia con entidades externas o internas? ¿No requiere la soberanía una ética vigilante constante, más allá de la retórica patriótica? Estas preguntas desplazan el énfasis desde la celebración simbólica hacia la responsabilidad histórica. La memoria deja de ser un mero ritual para convertirse en conciencia crítica.
En última instancia, comprender la independencia como una lucha constante transforma nuestra filosofía política. Si la soberanía no se considera un logro del pasado, sino un equilibrio delicado que debe mantenerse, entonces cada generación contribuye a su consolidación o su deterioro. ¿No implica esto que la patria es más una responsabilidad que un legado? ¿No sugiere que el verdadero homenaje a los héroes consiste en renovar su impulso emancipador en contextos nuevos y complejos? Reflexionar sobre el concepto de nación de esta manera nos exige abandonar la complacencia del mito cerrado y asumir la incomodidad fértil de la historia abierta. En este sentido, la identidad dominicana no se encuentra finalizada, sino que se encuentra en un proceso de construcción constante.
ReferenciaJIMENES GRULLÓN, Juan Isidro.El mito de los padres de la patria. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2014.