Por Luis Cabrera, M.A.
Como agua para chocolate es una novela con una trascendencia considerable dentro de las letras hispanoamericanas, y desde su publicación en 1989, la obra maestra de Laura Esquivel ha sido traducida a más de 30 idiomas. La fama de su relato radica, en gran medida, en los personajes de la novela, entre los que destacan la sufrida y experta en cocina Tita de la Garza, su eterno amante y cuñado, Pedro Múzquiz y Mamá Elena, progenitora de la primera.
Este ensayo tiene por objeto analizar la presencia de Mamá Elena en el relato completo. Para ofrecer una explicación convincente, el artículo ha sido dividido en tres partes. La primera sección aborda las apariciones fantasmales de la madre autoritaria; la segunda, sus rasgos de comportamiento exhibidos en algunos de los personajes de la trama; y la tercera, la similitud entre su suerte y la de los demás protagonistas.

La persistencia del espíritu controlador de Mamá Elena
A un lector superficial le parecería que la historia de Esquivel pierde a su villana a poco más de la mitad de la novela, pero no ocurre así. Después de su deceso, Mamá Elena hace acto de presencia convertida en un fantasma que atormenta a Tita. Este detalle se evidencia cuando la matriarca se le aparece en la cocina a su hija y le ordena alejarse de Pedro (Esquivel 150). La presencia del espectro, a la vez, pretende perturbar a la muchacha y lograr que desista de sus pretensiones y aventuras amorosas con su cuñado, reprochándole a la joven ser inmoral e irrespetuosa con las buenas costumbres de la familia. La anciana incluso llega a maldecir para toda la eternidad a la protagonista y a la criatura que se presume que lleva en el vientre.
Como se puede apreciar, su calidad de madre es algo que deja mucho que desear, ya que aun después de muerta, a la tirana le interesa más hacer cumplir el capricho de mantener las costumbres ancestrales que el bienestar y la felicidad de su descendiente. Esa conducta despiadada hacia la menor de las De la Garza es aún más evidente en el último acto de la aparición, cuando “…entró furiosa a la habitación y le dijo: ¿Ya viste lo que estás ocasionando? Pedro y tú son unos desvergonzados. Si no quieres que la sangre corra en esta casa, vete a donde no puedas hacerle daño a nadie, antes de que sea demasiado tarde” (Esquivel 172). En este pasaje se manifiesta la subordinación de la maternidad de Mamá Elena ante la tiranía de la tradición familiar. De ahí que, en vez de proteger a su hija, esta recurre a la amenaza y al control de su familia con el fin de preservar el orden por encima de la felicidad y la dignidad de sus descendientes.
La negativa de la joven cocinera y el odio que, por vez primera, le confiesa a su figura materna causan aún más enojo en el espectro que sale del cuarto girando con furia e incendiando un quinqué de petróleo que estaba cerca de Pedro, quien sufrió quemaduras de mucha gravedad (172–73). Como se puede observar, Mamá Elena es una fuerza punitiva que trasciende la muerte, ya que su autoridad moral se traduce en violencia al castigar el amor y la libertad de los protagonistas en un acto de destrucción y venganza.
Suele decirse que la maldad siempre existirá y, en la novela, la dama despótica es un claro ejemplo de ello, ya que es la personificación de la perversidad. Su vileza es tan grande que aun después de su muerte continúa ejecutando sus actos malévolos.

La herencia de la rebeldía de Mamá Elena
No obstante, Mamá Elena no solo sigue presente en la historia a través de sus actos de crueldad, sino también en el comportamiento de sus seres cercanos. La actitud de la anciana se refleja en Tita y Gertrudis, quienes manifiestan la conducta desobediente de su progenitora en sus respectivas relaciones amorosas.
La joven cocinera, por ejemplo, tiene encuentros ilícitos con Pedro a escondidas como lo hiciera su madre en su juventud con el padre de Gertrudis. Por su lado, la segunda de las De la Garza se escapa con un hombre a quien no conoce, abandonando a su familia por él, tal como su madre intentó abandonar a su esposo y una hija para escaparse con un amante. Aunque su intento fue infructuoso, no cabe duda de que sus descendientes heredaron su conducta rebelde, a través de la cual la figura materna pervive en ellas.
A pesar de esto, es evidente que en el personaje en que la anciana reencarna casi a plenitud es en su primogénita: Rosaura. Esta última es tan terca que acepta casarse con Pedro, impidiendo que fuera el novio de su hermana menor e imponiendo la autoridad materna, basada en la tradición que establecía que la descendiente menor debía renunciar a casarse y dedicarse a cuidar a su progenitora por el resto de su vida.
Por esta razón, no es raro que al igual que Mamá Elena, quien sospecha de las aventuras amorosas de Pedro y Tita e intenta mantener todo controlado, aun sabiendo que es algo inevitable, Rosaura apele a un comportamiento similar ante el caso. Es decir, la mayor de las De la Garza pretende vivir como si la infidelidad de su esposo no sucediera, mientras asegure que ese hecho no se haga público mediante un hijo de su marido con la hija menor de la familia. Así, la más conservadora de las hermanas establece un pacto para que la relación de estos nunca se haga pública mientras ella viva.

El despotismo de la tradición de Mamá Elena
La sucesora de la madre arbitraria va aún más lejos cuando expresa su deseo de imponer la vieja regla a su hija Esperanza. Rosaura, en una actitud similar a la de Mamá Elena, intenta vetar el derecho a la educación y a libertad amorosa de su niña y se opone a cambiar su posición hasta el último día de su vida.
Ella se empeñaba en que su hija no asistiera a la escuela, pues lo consideraba una pérdida de tiempo [ya que] la misión de Esperanza en esta vida era únicamente la de cuida[r] a … su [madre Rosaura] por siempre, no necesitaba para nada de elevados conocimientos. . .” (Esquivel 213). Como se observa en los comportamientos de las sucesoras de la matriarca, esta no muere en la historia, sino que reencarna en la desobediencia de Tita y Gertrudis y en el carácter impositor de Rosaura; quien enferma y, en medio de su terquedad muere en soledad corriendo una suerte similar a la de la tirana.

La desventura de amor heredada de Mamá Elena
Del mismo modo, la resignación de la protagonista antagónica a permanecer viuda, pese a aún tener juventud y fuerzas para casarse y rehacer su vida, constituye un destino similar al de su primogénita, hija menor y del doctor John Brown. En su juventud, Elena de la Garza tiene un amante llamado José Treviño a quien no puede desposar por ser un hombre de raza negra. Obligada por las circunstancias, contrae matrimonio con Juan de la Garza, con quien procrea a sus tres hijas. Debido a la falsedad de su matrimonio y al afecto que siente por José, le es infiel a su esposo hasta la muerte del hombre al que nunca deja de querer. Tanto así que, al fallecer su cónyuge, decide no casarse de nuevo, por fidelidad al sentimiento imposible.
Rosaura, heredera de los valores opresivos de la tradición de su familia, al igual que su madre, se aferra a un matrimonio sin afecto. La primera de las hermanas vive una existencia sin amor, debido a un matrimonio de conveniencia. Ella sabe a la perfección que Pedro solo acepta desposarla, como medio de vivir cerca de su hermana menor y no por sentimientos verdaderos. Sin embargo, su obsesión por el estatus y el control de su entorno la condenan a una vida de tristeza y soledad. Así que Rosaura se aferra a un matrimonio falso y a las convenciones sociales de su tiempo; y hasta el final de sus días se niega a aceptar la realidad y la posibilidad de buscar un amor verdadero.
De igual manera, Tita hereda la desventura amorosa de su progenitora. Es decir, al igual que su madre, la joven se ve impedida de vivir su relación con Pedro en público, y en el momento en que ambos planean hacer oficial su vínculo, su enamorado fallece de forma repentina, como también le ocurrió a su progenitora cuando era joven.
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La joven cocinera sabe que hay alguien que la quiere con todas sus fuerzas y podría casarse con ella, ofreciéndole una familia. Sin embargo, al igual que su madre cuando enviuda, Tita no concibe la posibilidad de vivir una nueva pasión y finalmente decide no casarse con John.
Esta actitud también se manifiesta en John, quien técnicamente queda viudo por segunda vez, cuando ella decide cancelar su compromiso con él a pocos días de la boda. Por ello, el bondadoso galeno renuncia a buscar un nuevo amor y aunque “…debió haberse casado con alguien cuando [Tita] se negó a ser su esposa … nunca lo hizo” (Esquivel 206). De modo que John renuncia de por vida a volverse a enamorar.
A juzgar por su actitud, al médico estadounidense le fue más fácil superar la muerte de la madre de su hijo que perder a su prometida. En otras palabras, John volvió a enamorarse después de la pérdida de su primera esposa, pero no pudo superar su amor por su prometida, a pesar de que esta lo rechazó a pocos días de la boda.
Conclusión
En términos generales, Mamá Elena permea toda la obra con sus apariciones, su comportamiento rebelde que es heredado por Tita y Gertrudis y la desdicha y soledad sufridos también por Rosaura, John y Tita. La figura de la tirana actúa como una fuerza que condiciona las pasiones, los destinos y las repeticiones familiares que estructuran el relato.
En este sentido, la matriarca es la piedra filosofal de Como agua para chocolate, el núcleo simbólico del que surgen y al que retornan las demás. Los otros protagonistas son sus réplicas modificadas mediante variaciones que—no obstante—reflejan los rasgos de su carácter.
Referencia
Esquivel, Laura. Como agua para chocolate. Grijalbo Mondadori, 2000.