Entre el canon, la ética y la estética: reflexiones sobre el Premio Nacional de Literatura 2026

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Fernando Cabrera

Cada mes de enero, el ambiente cultural dominicano gravita hacia un anuncio que trasciende lo estrictamente literario para transformarse en un fenómeno de calado sociopolítico: el fallo del Premio Nacional de Literatura. Para el jurado —órgano colegiado compuesto por rectores universitarios, la Academia Dominicana de la Lengua, el Ministerio de Cultura y la Fundación Corripio—, la deliberación constituye un desafío intelectual de primer orden. Su misión no se limita a la selección de una obra, sino que aspira a transmutar ponderaciones intrínsecamente subjetivas en una validación institucional objetiva que consagre, de manera definitiva, una trayectoria vital.

Más allá del prestigio simbólico, el galardón posee una dimensión pragmática ineludible. En una realidad a menudo adversa para el intelectual criollo, la importante dotación económica funciona como un necesario respaldo de estabilidad. Las debilidades estructurales del mercado editorial y las limitadas vías de profesionalización creativa convierten este premio en un hito donde el Estado y el sector privado reconocen, valorando materialmente, décadas de rigor intelectual.

No obstante, la legitimidad formal del certamen no lo exime de un debate crítico persistente. Aunque la estructura del jurado garantiza el consenso académico, la percepción de justicia se cuestiona cíclicamente debido a la opacidad o escasa difusión de criterios taxativos en la concesión. Esta ambigüedad normativa alimenta la pugna entre dos visiones: la de quienes consideran que los veredictos deben privilegiar la estabilidad del canon y la longevidad bibliográfica, y la de quienes demandan que prevalezcan criterios puramente estéticos. Como señalara Harold Bloom en El canon occidental: «Si vamos a leer los libros que han de sobrevivirnos, debemos ser capaces de decidir cuáles son los mejores», sugiriendo que la excelencia técnica debería ser el único filtro frente a las demandas de representatividad o notoriedad.

A esta discrepancia se suma la aporía fundamental de la crítica: ¿es posible disociar la obra de su autor? Quienes defienden la autonomía del arte sostienen, en la línea de Oscar Wilde en el prefacio de El retrato de Dorian Gray, que «no existen libros morales o inmorales; los libros están bien o mal escritos». Bajo esta premisa, juzgar un texto a través del tamiz moral de su autor es un error de categoría. Por el contrario, la perspectiva ética argumenta que el arte es una extensión de la cosmovisión del sujeto y que su canonización institucional implica una validación colateral de su trayectoria ciudadana.

Lo cierto es que la historia demuestra que la virtud personal y la maestría artística no siempre convergen. La genialidad técnica de Caravaggio, la complejidad de Wagner, la potencia de Picasso y la honda sensibilidad de Neruda coexisten con biografías conflictivas, marcadas incluso por la criminalidad o la misoginia. Por el contrario, la integridad moral no garantiza la destreza técnica; la nobleza de propósito no sustituye al talento. El gran arte suele emerger de las tensiones y contradicciones que la rectitud ética, por definición, tiende a evitar.

Estos dilemas han adquirido una vigencia singular con la reciente concesión del Premio Nacional de Literatura 2026 a Pedro Vergés. Aunque la decisión ha generado debates en plataformas digitales —principalmente en torno a la brevedad de su bibliografía o su trayectoria institucional—, la recepción en la prensa y la crítica especializada ha sido favorable. El jurado, apelando quizá al paradigma de Juan Rulfo, ha ofrecido una respuesta contundente. Cabe recordar aquí las palabras de Augusto Monterroso sobre la excelencia: «La perfección no se mide por la cantidad de páginas, sino por la imposibilidad de quitar una sola palabra». Al igual que con el maestro mexicano, el jurado parece haber considerado que la obra de Vergés demuestra que la trascendencia se mide por el impacto cultural y la capacidad de subvertir el lenguaje, antes que por la abundancia de publicaciones. En este sentido, la crítica sitúa su producción, especialmente la novela Solo cenizas hallarás, en un pedestal de excelencia técnica.

Al margen de las ponderaciones cualitativas, el perfil de Vergés introduce una variable compleja: su dimensión institucional. A diferencia de la retirada casi metafísica de Rulfo, el autor dominicano ha mantenido una prolongada presencia pública como diplomático y exministro de Cultura. Esta exposición genera resistencias y, en ocasiones, condiciona la recepción de su legado artístico. Sin embargo, el Premio Nacional no es el escenario adecuado para resolver la dicotomía de un creador que, además, ha sido un burócrata con luces y sombras. Tal vez el jurado, consciente de las distracciones externas y en consonancia con Roland Barthes en La muerte del autor, partió del criterio de que, para que la escritura alcance su plenitud, el autor debe dar un paso atrás y permitir que la obra hable por sí misma, centrándose únicamente en su dimensión literaria para emitir el fallo.

En todo caso, es loable que este órgano asuma año tras año la responsabilidad de equilibrar la objetividad institucional con la inevitable subjetividad del juicio, con el objetivo de que perduren en la memoria colectiva aquellos aspectos que merecen la pena. No es una tarea sencilla y, desde luego, su posición no debe de ser cómoda.

Esta vez, pese a la existencia de un nutrido grupo de aspirantes (algunos con una producción más extensa y de notable calidad), el jurado ha optado por privilegiar una trayectoria concisa. Según el veredicto, esta decisión se basa en méritos literarios fehacientes y en una aportación que ya es imprescindible para el canon dominicano. A los demás solo les resta esperar.

Bibliografía

• Barthes, Roland. La muerte del autor. Siglo XXI Editores, 1987.

• Bloom, Harold. El canon occidental. Anagrama, 1995.

• Monterroso, Augusto. La palabra mágica. Era, 1983.

• Wilde, Oscar. El retrato de Dorian Gray. Alianza Editorial, 2010.

Faustino Medina

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