Dos poemas de Richard Rosario

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Invasión

Detente que se fuga 
el milagro de la arcilla, 
y el ruido de las catedrales
desnuda los sentidos, 
los muros sacuden 
          las ventanas.

Un convoy de demonios 
amarra el sonido de la sangre, 
caminando por las orillas, 
donde se arrodilla la palmera.

Andan como mercaderes 
de verdades,
    conquistan a fuego
          el invierno del alma.

Las voces desintegran cicatrices
del polvo acumulado, 
 en el silencio de mil sueños.

Sus manos traen el frío, 
                         un eco, 
               una daga 
en el corazón.

Cantar de las voces silenciadas


Me he despojado 
de las vestiduras de la espalda, 
apoyé la cabeza desnuda 
en la cúspide de la Montaña 
para que ardieran 
los pedazos del invierno.

Se apresuraron mis manos,
por escapar del grano de arena 
golpeando mi silencio.
 Me arropé con el sol,
 me vestí de certeza, 
 pero el vino desdibujaba la fisura
 de los dedos en mi frente.

He venido para drenar las gotas 
escondidas en el tejado 
del túnel de arena, 
pegado a mi cuerpo. 

Se han rasgado los colores de la libertad, 
cuando apenas el día despuntaba. 
Fueron crepitando las hojas 
debajo de los pies, 
hablaban del látigo, 
del fuego y del agua.

He venido para tender sobre el cordel, 
el lienzo níveo de mi pecho, 
me  he mostrado al viento 
para llenar de voces al oído 
de quien no calla.

Richard Rosario

Faustino Medina

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