Invasión
Detente que se fuga
el milagro de la arcilla,
y el ruido de las catedrales
desnuda los sentidos,
los muros sacuden
las ventanas.
Un convoy de demonios
amarra el sonido de la sangre,
caminando por las orillas,
donde se arrodilla la palmera.
Andan como mercaderes
de verdades,
conquistan a fuego
el invierno del alma.
Las voces desintegran cicatrices
del polvo acumulado,
en el silencio de mil sueños.
Sus manos traen el frío,
un eco,
una daga
en el corazón.
Cantar de las voces silenciadas
Me he despojado
de las vestiduras de la espalda,
apoyé la cabeza desnuda
en la cúspide de la Montaña
para que ardieran
los pedazos del invierno.
Se apresuraron mis manos,
por escapar del grano de arena
golpeando mi silencio.
Me arropé con el sol,
me vestí de certeza,
pero el vino desdibujaba la fisura
de los dedos en mi frente.
He venido para drenar las gotas
escondidas en el tejado
del túnel de arena,
pegado a mi cuerpo.
Se han rasgado los colores de la libertad,
cuando apenas el día despuntaba.
Fueron crepitando las hojas
debajo de los pies,
hablaban del látigo,
del fuego y del agua.
He venido para tender sobre el cordel,
el lienzo níveo de mi pecho,
me he mostrado al viento
para llenar de voces al oído
de quien no calla.
Richard Rosario