Ryan Santos
La noche se asoma tenue a la ventana de tu cuarto, con frialdad. El reloj marca las siete. Caminas cabizbajo. Y tropiezas con el candelabro que yacía en el piso de roble. Maldices, pero igual sigues caminando presuroso, con ansias. Te duchas. Luego de asirte llegas hasta tu biblioteca personal y retomas la novela que habías empezado a leer ayer. ¡Ese capítulo tres te dejó boquiabierto; Flaubert nunca decepciona a sus leyentes! Ciertas dudas te asaltan: ¿qué será de la vida de Emma Bovary luego de los comicios? ¿Será el joven León otra víctima más de la seducción? ¿Sabrá Carlos Bovary todo lo que se lleva a cabo a sus espaldas? Este es el momento más propicio para desconectarte de tu triste realidad: esas interminables nueve horas diarias frente a la computadora en la fábrica de seguros que te fastidia hasta los pensamientos, escuchando todas las estupideces de tu supervisora Sarah. ¡Pero el día ya se acabó! Todo ruido de la metrópoli se adormece bajo el manto del crepúsculo. Te acomodas en tu rincón de lectura, frente a la mesita de noche. Y lees al narrador francés:
“…al llegar los primeros fríos Emma abandonó su cuarto para ocupar la sala, una pieza rectangular de techo bajo, en la que había un frondoso árbol de coral, delante del espejo y sobre la chimenea. Sentada en su sillón, junto a la ventana, veía pasar a las gentes del pueblo por la acera”.
¡Es magnífico! ¡Qué maravillosa prosa! Miras el reloj: las nueve. Unos perros agonizan frente al malecón. Limpias los anteojos, que se empañan, con el viento frío. Y te acercas a la vela que va aumentando su luminosidad considerablemente.
“…ocurrió un domingo de febrero por la tarde. Estaba nevando. El matrimonio Bovary, Homais y León se dirigían a media legua de Yonville para ver una hilandería que estaban montando en el valle. El farmacéutico, para que hiciesen ejercicio, había llevado consigo a Napoleón y a Atala. Detrás de ellos iba Justino con unos paraguas al hombro”.
Tan pronto terminas el capítulo observas a tu alrededor, contemplando todos tus libros. Es maravilloso. Fue tanto el tiempo que duraste detrás de esa segunda edición de El Conde de Montecristo en pasta dura… Vuelves al sexto capítulo. Cuando pasas con tu dedo anular la siguiente página escuchas un ruido que procede desde la esquina del Mercado Viejo. Crees que todo es producto de una especie de ensoñación. Frotas tus ojos. Bostezas. Te paras. Caminas. Y arrojas el tomo en la mesita de noche. Observas atentamente por la ventana, y ves dos sombras, un tanto disímiles, forcejeando. Tus emociones van ascendiendo notablemente. Y tras un prolongado “¡Ayúdenme!” saltas desde la celosía para dirigirte, a toda marcha, al lugar del suceso.
Desde el patio, logras divisar un hombre que cae boquiabierto ante los pies del pavimento. La otra persona escapa. Apresuras el paso. Y te acercas. ¿De dónde provendrá ese olor a quemado? No piensas en tonterías. Tienes una misión por delante. Acudes hacia el sujeto agonizante, lo sujetas. Su chaqueta sangra a torrentes. Quieres verle el rostro, quizá sea el hijo de tu amigo Príamo Pérez. Cuando mueves su cabello de la frente y observas atentamente su fisonomía, te percatas de que eres tú mismo quien ahora da sus últimos suspiros (aquel joven apuesto que soñaba con conquistar el mundo editorial con sus primeros relatos policíacos, publicados en el suplemento cultural Voz Literaria), con el cuchillo clavado hasta el corazón, y señalando, con su dedo índice, el camino que tomó su/tu verdugo. Quedas totalmente estupefacto. Intentas darle respiración boca a boca, pero ya no tiene caso. “¡Atrapa a ese imbécil!”, gesticula/s, y fallece/s. Debe pagar por la muerte que le ha causado a tu yo del pasado. Tomas el puñal. Empieza la persecución. Cruzas por la calle Aída Bonnely. Ves a la sombra caerse al final de la calleja, parece estar herido. Corres a toda marcha, como lo hacías en tu niñez, cuando practicabas al béisbol. El olor a quemado arremete nuevamente, esta vez hasta las entrañas de tus narices, pero nada importa en estos instantes cuando ya estás rasgando los talones del asesino de tu pasado.
El sujeto se incorpora. Escupe. Corre. Su mano izquierda sangra. Pasan una esquina del banco, la iglesia, la estación municipal de los bomberos. Estás cada vez más cerca. Tres metros. Sientes que tu momento finalmente ha llegado. Dos metros. Ya no sientes fatiga alguna, mucho menos ese asqueroso olor a hojas quemadas que inhalabas hacía un rato. Frente al parque Bartolomé De Las Casas, el hombre queda atrapado en un callejón sin salida. Tomas el cuchillo con la diestra y te diriges hacia él. Un metro. Tus pasos ahora son rectos, lineales. ¡Ya no tiene ninguna escapatoria! A sus espaldas está un muro de poco más de seis metros de altura, imposible de saltar. Tu oponente cae rendido ante ti. Y llora. Cuando empuñas el arma blanca para fulminarlo de una sola puñalada en el cuello, visualizas que es tu yo del futuro (ese escritor mundialmente conocido que siempre soñaste ser), al que sujetas fuertemente. Lo sueltas. Sigues turbado. Y caes abatido, de rodillas. No logras articular palabra alguna. “Es todo tan irreal…, tan fuera de tiempo y espacio”, te dices encima de la camilla, mientras ves la figura —ininteligible— de los paramédicos colocándote el tanque de oxígeno en tus fosas nasales, poco después de que el cuerpo de bomberos extinguiera el incendio que habías provocado mientras dormías profundamente en tu biblioteca.