Breve historia del populismo en la República Dominicana III

6

Por Jorge Luís D’Aza Tineo 

Hipólito Mejía (2000-2004)

Hipólito Mejía encarna una forma de populismo mucho más visceral, coloquial y claramente identificada con la idea de ser un hombre “de pueblo”. Su estilo político se apoyó en un lenguaje directo, campechano y muchas veces improvisado, lleno de expresiones populares, ocurrencias y frases que buscaban reforzar su cercanía con la gente común. Esa imagen quedó muy resumida en lemas como “Llegó papá” o en apodos como “Don Hipo”, que proyectaban autoridad cercana, confianza popular y una conexión emocional especialmente fuerte con sectores rurales y populares. 

Su liderazgo combinó apelación antiélite, tono desenfadado y una forma de hacer política muy apoyada en la identificación personal más que en la elaboración doctrinal. Hipólito hablaba como mucha gente habla en la calle, y eso le dio una conexión real con amplios sectores del electorado. Al mismo tiempo, ese estilo también estuvo marcado por rasgos de populismo machista y por una retórica que, en ocasiones, resultó polémica, sobre todo por algunas de sus expresiones sobre las mujeres durante campañas posteriores, como la de 2012. 

En las elecciones del año 2000, su triunfo estuvo fuertemente asociado a esa imagen de líder cercano y popular condensada en el eslogan “Llegó papá”. Su campaña apeló a promesas directas, a un lenguaje sencillo y a una lógica clientelar que conectaba bien con la tradición populista del PRD. Ya en el gobierno, esa alta conexión emocional con el pueblo convivió con una gestión muy golpeada por denuncias de corrupción, desorden administrativo y, sobre todo, por la grave crisis económica y bancaria que marcó su mandato. 

Por eso, Hipólito suele ser visto como un continuador de la tradición populista perredeísta, pero en una versión más improvisada, ruidosa y personalista. Sus críticos lo han descrito como un populista vocinglero, mientras que sus seguidores valoran precisamente esa espontaneidad y esa manera poco acartonada de relacionarse con la gente. En cualquier caso, su trayectoria confirma que en la política dominicana siguió teniendo mucho peso un liderazgo basado en el carisma directo, la cercanía verbal y la conexión afectiva con el pueblo, incluso cuando esa cercanía no iba acompañada de una gestión eficaz o coherente. 

Leonel Fernández y Danilo Medina: populismo tecnocrático y asistencial 

Con la llegada del PLD al poder en 1996, el populismo dominicano no desapareció; simplemente cambió de forma. En vez de presentarse con los rasgos más clásicos del caudillo popular, adoptó estilos más sofisticados, más administrativos y, en ciertos momentos, más tecnocráticos. Eso se ve con claridad en las figuras de Leonel Fernández y Danilo Medina, que encarnaron dos variantes distintas de esa evolución. 

Leonel Fernández desarrolló un estilo de liderazgo más tecnocrático, modernizador y globalista. A diferencia de Bosch, Peña Gómez o incluso Hipólito, su vínculo con el pueblo no descansó tanto en una cercanía plebeya o en una oratoria de plaza pública, sino en la promesa de progreso, crecimiento económico, modernización del Estado e inserción internacional. Su imagen fue la de un presidente intelectual, preparado y asociado a la idea de que el país avanzaba de la mano de su proyecto político. En ese sentido, su liderazgo estuvo menos ligado al populismo clásico en lo gestual, pero siguió apoyándose en un fuerte presidencialismo, en la centralidad del líder y en la identificación entre progreso nacional y figura presidencial.

Aunque en distintos momentos se presentó como crítico del populismo y cultivó una imagen de racionalidad técnica, en la práctica Leonel también recurrió a recursos populistas. En campañas y en períodos de oposición apeló a veces a una retórica antiélite, al clientelismo y a una narrativa que lo colocaba como intérprete de las aspiraciones nacionales frente a gobiernos incapaces o desviados. A eso se sumó el peso de las grandes obras públicas, que reforzaban simbólicamente la idea de un liderazgo transformador y casi indispensable. Por eso puede verse como una figura de populismo modernizador o tecnocrático: menos emocional en apariencia, pero todavía muy apoyado en el liderazgo personal y en la promesa de redención nacional a través del progreso. 

Danilo Medina, en cambio, representó una variante más visible de populismo asistencial y territorial. Su estilo fue menos grandilocuente que el de Leonel, pero mucho más centrado en la proximidad personal, en la atención directa y en la imagen del presidente como alguien que escucha, resuelve y responde sin demasiadas mediaciones. Sus llamadas “visitas sorpresa” se convirtieron en el símbolo más claro de esa forma de hacer política. A través de ellas, Danilo se presentaba ante comunidades rurales, productores y sectores populares como un gobernante accesible, práctico y capaz de intervenir por encima de la burocracia para ofrecer soluciones concretas. 

Ese mecanismo resultó políticamente muy eficaz porque reforzaba una imagen de cercanía y de sensibilidad social. Su gobierno construyó así una narrativa basada en resultados tangibles, ayudas directas, subsidios, becas, apoyo a productores, viviendas y otras medidas de impacto inmediato. En lugar de una movilización ideológica fuerte, Danilo apostó por una conexión emocional sostenida en la gestión cercana, la asistencia focalizada y la idea de que el presidente estaba presente allí donde la gente lo necesitaba. En ese sentido, puede hablarse de una modalidad contemporánea de populismo administrativo o asistencial. 

También en su caso ese estilo convivió con críticas importantes. Sus detractores señalaron que muchas de esas prácticas reforzaban el clientelismo, la dependencia política y una lógica de inclusión sin reformas estructurales profundas. Aun así, su altísimo nivel de aprobación durante buena parte de su mandato mostró hasta qué punto esa combinación de cercanía, asistencia y eficacia simbólica logró conectar con amplios sectores de la población. 

Vistos en conjunto, Leonel Fernández y Danilo Medina muestran que el populismo dominicano no desapareció con la profesionalización del sistema político ni con la modernización del Estado. Más bien se adaptó a nuevas formas. Con Leonel adoptó un rostro tecnocrático, presidencialista y modernizador; con Danilo, uno más asistencial, territorial y administrativamente cercano. En ambos casos, sin embargo, se mantuvo una constante de larga duración en la política dominicana: la centralidad del líder como mediador privilegiado entre el Estado y el pueblo. 

Luis Abinader (2020-actual) 

Luis Abinader representa una variante más pragmática del populismo dominicano, e incluso una versión que muchas veces se presenta a sí misma como contraria al populismo tradicional. Su discurso suele girar alrededor de la eficiencia, el ahorro, la institucionalidad y el rechazo al “populismo barato”, pero eso no significa que su gobierno haya estado completamente al margen de medidas de fuerte atractivo popular. Más bien, su estilo combina un tono tecnocrático e institucional con algunos gestos nacionalistas y decisiones dirigidas a mantener respaldo social en momentos de crisis. En ese sentido, puede verse como una forma de populismo moderado, menos visceral que el de otros líderes dominicanos, pero todavía apoyado en recursos de legitimación directa.

Su liderazgo ha insistido en proyectar una imagen de seriedad administrativa, especialmente en temas económicos, fronterizos y de gasto público. Abinader ha defendido la idea de que gobernar no consiste en prometer cualquier cosa para agradar al electorado, sino en tomar decisiones viables, incluso cuando no siempre resulten populares. De ahí frases como aquella en la que afirmó que “si ahorrar dinero es populismo”, entonces él mismo sería populista, o sus declaraciones más recientes en las que rechazó como “populismo barato” la idea de prometer una baja artificial de precios a niveles de años anteriores. Esa combinación de distancia verbal frente al populismo y uso ocasional de un lenguaje de conexión popular define buena parte de su estilo político.  

Al mismo tiempo, su gobierno ha recurrido a subsidios, ayudas focalizadas y alianzas amplias para enfrentar coyunturas difíciles, sobre todo en contextos de inflación y presión sobre la canasta básica. Un ejemplo fue el paquete de medidas anunciado en 2022 para amortiguar el impacto económico internacional, incluyendo subsidios, reducción temporal de aranceles y otras disposiciones orientadas a contener el costo de vida. Eso muestra que, aunque Abinader se distancie del populismo en el plano discursivo, en la práctica también ha utilizado herramientas de alto rendimiento político cuando la situación lo ha exigido.  

Por eso, más que un populista clásico, Abinader puede entenderse como un líder de perfil institucional y pragmático que incorpora ciertos rasgos populistas sin asumirlos plenamente como identidad. Su estilo ha sido menos carismático y menos emocional que el de figuras como Peña Gómez, Hipólito o Balaguer, y más cercano a una lógica de gestión, estabilidad y modernización económica. Aun así, el uso de medidas populares, la apelación al interés nacional y la construcción de una imagen presidencial como garante del orden y la eficacia muestran que también en su caso persiste, aunque en versión más contenida, esa vieja tendencia dominicana a buscar legitimidad en la relación directa entre el líder y la ciudadanía.  

Actualidad y persistencia 

En la República Dominicana contemporánea, el populismo ya no suele presentarse con la forma tan nítida o doctrinal que tuvo en buena parte del siglo XX. Hoy aparece más fragmentado, disperso en prácticas, tonos y recursos que siguen siendo muy eficaces en la competencia política: campañas basadas en la cercanía emocional con “la gente”, uso del antagonismo entre pueblo y privilegio, fuerte personalización del poder presidencial, promesas de solución rápida, asistencialismo, clientelismo y construcción de enemigos simbólicos. Esa persistencia no es casual. Responde a factores estructurales muy arraigados, como la desigualdad social, la relativa debilidad institucional, el peso del presidencialismo y una cultura política en la que el líder todavía suele percibirse como el puente directo entre el pueblo y el Estado. 

Sería exagerado afirmar que toda la política dominicana actual es populista. Pero también sería ingenuo negar que el populismo sigue siendo uno de sus lenguajes más eficaces y persistentes. Cambian los estilos, cambian los partidos, cambian los medios y los contextos, pero permanece la tentación de gobernar —o de aspirar a gobernar— mediante una relación directa, emocional y moralizante entre líder y pueblo. 

Vista en perspectiva, la historia del populismo dominicano no comienza de golpe en el siglo XX, aunque sea allí donde adquiere sus formas más definidas. Sus antecedentes pueden rastrearse desde el siglo XIX, en la movilización popular, el personalismo y la retórica nacional levantada contra enemigos internos y externos. En ese sentido, la coyuntura de la Independencia ya deja ver

mecanismos tempranos de apelación al pueblo. A partir de la lectura de Pablo Mella en Los espejos de Duarte, puede sostenerse que incluso en Duarte aparecen tácticas de movilización popular y construcción dramática del adversario, no como populismo pleno en sentido moderno, sino como una forma temprana y patriótica de interpelación popular en medio de la lucha por la soberanía. 

Después, esa lógica fue cambiando de forma sin desaparecer. Con Trujillo se convirtió en un populismo autoritario, nacionalista y estatalizado; con Bosch, en una versión democrática, pedagógica y reformista; con Balaguer, en una modalidad conservadora, paternalista y clientelar que dejó una huella profundísima en la cultura política nacional. Más adelante, figuras como Peña Gómez, Leonel Fernández, Danilo Medina e incluso Luis Abinader muestran que el populismo no desaparece: se adapta, se disfraza, se moderniza y encuentra nuevos lenguajes para seguir operando. 

Por eso, la experiencia dominicana enseña que el populismo no ha sido un accidente marginal ni una simple desviación pasajera, sino una de las formas recurrentes mediante las cuales se ha construido legitimidad política en el país. A veces ha servido para ampliar derechos, incorporar a los de abajo y dar voz a sectores históricamente excluidos; otras veces ha reforzado el mando personal, la dependencia, el clientelismo y la manipulación política. Su historia es también, en el fondo, la historia de una tensión constante entre democracia, liderazgo y pueblo en la República Dominicana. 

Fuentes principales 

Mella, Pablo. Los espejos de Duarte. Santo Domingo: Amigo del Hogar, 2013. 

Genao Núñez, Wilson. “Populismo y dictadura en República Dominicana”. Diálogos. Revista Electrónica de Historia, 2018. 

Ramírez Morillo, Belarminio. El populismo en la República Dominicana. Santo Domingo: Editora Cumbre, 1991. 

Rodríguez Demorizi, Emilio, ed. Correspondencia del Cónsul de Francia. Santo Domingo, 1996. 

Constitución de la República Dominicana de 1963, junto con estudios sobre su carácter social y garantista. 

Materiales de la Academia Dominicana de la Historia y la revista Clío sobre la coyuntura de 1844 y la correspondencia diplomática francesa.

Jorge Daza

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *