Breve historia del populismo en la República Dominicana II

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Por Jorge Luís D’Aza Tineo 

Transición hacia el populismo moderno 

El populismo moderno en la República Dominicana no surgió de la nada con Trujillo. Antes de su ascenso en 1930, el país no había conocido todavía un populismo plenamente moderno, pero sí había recorrido un largo camino de caudillismo, personalismo y clientelismo que fue preparando el terreno. Desde 1844, la debilidad institucional del nuevo Estado favoreció el predominio de jefes políticos y militares cuya autoridad descansaba menos en instituciones sólidas que en lealtades personales, redes regionales y prestigio armado. Figuras como Pedro Santana y Buenaventura Báez encarnaron ese estilo de mando directo, en el que el poder dependía más del caudillo que de la ley. 

Incluso Duarte, aunque no puede definirse estrictamente como populista, dejó ver en ciertos momentos una política de apelación directa al pueblo en clave patriótica y polarizante. Más adelante, con Ulises Heureaux, el poder personal se volvió todavía más centralizado y sofisticado, mientras que en las pugnas entre jimenistas y horacistas siguió predominando una cultura política marcada por liderazgos individuales, alianzas inestables y vínculos clientelares. En otras palabras, entre 1844 y 1930 se fue formando en el país una tradición política basada en la autoridad carismática, el nacionalismo emotivo y la mediación directa entre líder y seguidores. 

Ese proceso fue decisivo, porque proporcionó el molde sobre el cual más tarde se levantaría el populismo autoritario del siglo XX. El caudillismo del siglo XIX le dejó a Trujillo el modelo del liderazgo personalista y autoritario; pero hacía falta todavía una transformación del Estado que hiciera posible una forma de dominación más moderna, centralizada y eficaz. Esa transformación llegó, en gran medida, con la ocupación estadounidense de 1916 a 1924, que reorganizó la administración pública, modernizó el aparato estatal y, sobre todo, reformó el ejército. De esa nueva estructura militar saldría el propio Trujillo, convertido luego en figura clave del poder. 

A ese trasfondo político e institucional se sumó la crisis económica de 1929, que agravó las desigualdades y generó un clima de incertidumbre propicio para la aparición de un liderazgo que prometiera orden, protección y grandeza nacional. Fue en ese contexto que Trujillo logró emerger con varios de los rasgos del populismo clásico latinoamericano: un nacionalismo exacerbado, una

movilización de masas cuidadosamente controlada, un discurso mesiánico en torno a su figura y un proyecto económico apoyado en la industrialización por sustitución de importaciones. Así, lo que antes había sido caudillismo disperso, clientelismo regional y personalismo tradicional terminó convirtiéndose, bajo Trujillo, en una forma mucho más acabada y moderna de dominación política. 

Los elementos populistas en la era de Trujillo (1930-1961): un precursor autoritario 

El trujillato, instaurado en 1930, fue ante todo una dictadura brutal. Eso no está en discusión. La cuestión más precisa es otra: si dentro de esa dictadura pueden identificarse rasgos propios del populismo clásico latinoamericano. Buena parte de la literatura académica sostiene que sí, aunque en una versión profundamente deformada por la represión y el control absoluto del Estado. En otras palabras, el régimen de Trujillo no fue un populismo democratizador, sino una dictadura con componentes populistas. 

En ese sentido, varios estudios han señalado que el trujillismo compartió algunos elementos con experiencias como las de Perón en Argentina o Vargas en Brasil, sobre todo en el contexto de la crisis posterior a 1929 y del llamado “populismo clásico” latinoamericano. Wilson Genao Núñez, en un trabajo publicado en 2018, analiza precisamente hasta qué punto el régimen trujillista desarrolló un discurso y unas políticas sociales y económicas cercanas a ese modelo. Su conclusión es que sí existieron similitudes importantes, especialmente en el plano del nacionalismo, la movilización dirigida de masas y la política económica. 

Trujillo construyó un liderazgo profundamente personalista, autoritario y mesiánico. Se presentó como restaurador del orden, protector del pueblo y encarnación misma de la soberanía nacional. La propaganda oficial lo convirtió en una figura casi salvadora, exaltando su papel como garante de la unidad, la estabilidad y el progreso. A la vez, el régimen promovió una visión glorificada del pasado dominicano y utilizó el nacionalismo como fuente central de legitimidad. En ese relato, Trujillo aparecía como el “Padre de la Patria Nueva”, el hombre indispensable para salvar a la nación de sus enemigos internos y externos. 

Ese nacionalismo tuvo además un componente especialmente agresivo en el antihaitianismo. La identidad dominicana fue presentada como una comunidad amenazada por un “otro” externo, y esa construcción reforzó una lógica política en la que la nación debía cerrarse filas alrededor del líder. Así, el pueblo era exaltado en el discurso, pero siempre bajo tutela. No se le reconocía como sujeto autónomo con capacidad de organización y participación libre, sino como una masa que debía ser dirigida, disciplinada y movilizada desde arriba. 

A esto se sumó una política de movilización controlada de obreros y campesinos a través de organizaciones estatales, campañas públicas y grandes obras promovidas por el régimen. Trujillo apeló constantemente al “pueblo trabajador”, presentándose como su protector frente al desorden, la pobreza o el imperialismo. También impulsó políticas de industrialización por sustitución de importaciones, promoviendo fábricas estatales, intervención económica y expansión de la producción nacional. En el discurso oficial, todo esto se presentaba como una defensa de la soberanía económica y una forma de proteger a los trabajadores dominicanos frente a la dependencia extranjera.

Sin embargo, ahí es donde aparece la gran diferencia entre el trujillismo y otras formas más clásicas de populismo. Ese vínculo entre líder y pueblo no se construía sobre la participación ni sobre la incorporación real de las masas a la vida política, sino sobre el control, la obediencia y el miedo. No había sindicatos independientes, ni competencia política auténtica, ni canales autónomos de representación popular. Aunque el régimen hablaba en nombre de campesinos y obreros, en la práctica los explotaba y subordinaba, mientras los beneficios del sistema se concentraban en el propio Trujillo, su círculo cercano y las élites vinculadas al régimen. 

Por eso puede decirse que el trujillismo refinó bajo un molde dictatorial algunos mecanismos del populismo moderno. Tomó elementos como el liderazgo carismático, el nacionalismo exaltado, la apelación al pueblo, la movilización de masas y la intervención económica del Estado, pero los vació de pluralismo, autonomía social y contenido democrático. El resultado fue una forma de populismo autoritario, o si se quiere, una dictadura con recursos populistas. 

Ese rasgo es fundamental para entender la evolución posterior de la política dominicana. Con Trujillo no solo se consolidó el mesianismo político, es decir, la idea de que el líder no es simplemente un gobernante, sino un salvador indispensable; también quedó marcada una de las características más persistentes del populismo dominicano: su temprana y profunda contaminación por el autoritarismo. En la República Dominicana, la apelación al pueblo no nació necesariamente ligada a la ampliación democrática, sino muchas veces al control del pueblo desde el poder. 

Juan Bosch (1962-1963): el populismo democrático y carismático post-Trujillo 

Tras el asesinato de Trujillo en 1961 y la apertura democrática, Juan Bosch representó una novedad histórica en la política dominicana. Con él emergió el primer populismo electoral y reformista del país. Bosch, fundador del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en 1939 y presidente electo en 1962, 

encarnó una ruptura con la tradición autoritaria anterior: fue un líder intelectual y exiliado que apeló directamente a las masas rurales y urbanas pobres con un lenguaje sencillo, claro y educativo, enfrentándose a las élites tradicionales, como los terratenientes, la Iglesia y los militares. Su estilo carismático y antioligárquico lo convirtió en el principal referente del populismo progresista dominicano. 

Su triunfo en las elecciones del 20 de diciembre de 1962 marcó un momento decisivo. Bosch ganó con el 58.72 % de los votos, es decir, 619,491 sufragios, frente a Viriato Fiallo, en lo que fueron consideradas las primeras elecciones realmente libres tras más de treinta años de dictadura. Su campaña se apoyó en discursos radiales y orales directos. Su manera de hablar, sencilla y cercana, sobre todo al dirigirse a las capas más humildes de la población rural y urbana, le dio una enorme simpatía popular y rompió con el tono rígido y elitista de la vieja política. 

El boschismo combinó carisma, pedagogía política, antioligarquismo y un programa social reformista. En ese sentido, su breve gobierno, entre febrero y septiembre de 1963, fue mucho más que una victoria electoral: fue un intento real de transformar la relación entre el Estado y las mayorías. La Constitución del 29 de abril de 1963 fue la pieza central de ese proyecto. Ese texto reconocía amplios derechos laborales, fortalecía las garantías sindicales, regulaba la función social de la propiedad y establecía protecciones para campesinos, niños, mujeres embarazadas, trabajadores y sectores desamparados.

Bosch también impulsó reformas agrarias contra el latifundio y promovió el uso público de bienes trujillistas confiscados. Su orientación fue claramente reformista y buscaba incorporar a las mayorías al marco de una democracia social moderna. Por eso Bosch encarna una variante distinta del populismo dominicano: no el populismo del miedo y la obediencia, sino uno de legitimación democrática basado en una conexión directa entre líder y pueblo excluido. 

Su retórica era moral, popular y en cierta medida polarizante, pero no estaba al servicio de una tiranía, sino de una reforma institucional profunda. Precisamente por eso provocó la hostilidad de militares, empresarios, jerarquías religiosas y sectores conservadores e internacionales que veían su proyecto como una amenaza. Esa oposición terminó en el golpe de Estado de septiembre de 1963, que interrumpió su experiencia de gobierno e impidió que ese populismo reformista madurara dentro de una democracia estable. 

Aun así, Bosch dejó una huella decisiva. No solo inauguró el primer gran populismo democrático moderno de la República Dominicana, sino que logró que el pueblo se sintiera, por primera vez, sujeto de derechos y no solo objeto de dádivas. Más adelante, con la fundación del PLD en 1973, esa herencia se proyectaría por otros caminos, ampliando todavía más su legado en la vida política dominicana. 

Joaquín Balaguer (1966-1978 y 1986-1996): el populismo paternalista y clientelista de derecha 

Si Bosch representó el populismo democrático y reformista, Joaquín Balaguer consolidó un populismo conservador, paternalista y clientelista. Colaborador cercano de Trujillo (secretario de Educación y luego vicepresidente), Balaguer enlazó directamente con la herencia trujillista, aunque supo adaptarla al escenario de una democracia restringida. En sus gobiernos de 1966-1978 y 1986- 1996 combinó autoritarismo, control político, retórica providencialista y una práctica constante de distribución de favores, ayudas y obras públicas. Su vínculo con el pueblo no fue el del reformador igualitario, sino el del protector paternal que da, media y decide. 

Sus presidencias consolidaron el estilo populista como una herramienta duradera de poder. Balaguer apeló sobre todo al campesinado conservador y a las masas pobres mediante el clientelismo, mientras mantenía un fuerte control del Estado. A diferencia del populismo clásico industrialista de otros países, el suyo fue menos obrerista y más clientelar. No se basó tanto en la movilización autónoma de las masas como en la dependencia política de amplios sectores que recibían del Estado —y directamente del presidente— algún tipo de protección material o simbólica. 

El balaguerismo descansó precisamente en esa relación directa con los pobres, en especial con los sectores rurales y urbanos marginados. Durante los períodos conocidos como “Los Doce Años” y “Los Diez Años”, Balaguer recorría los campos repartiendo dádivas, canastas básicas, juguetes y los famosos “sobrecitos” con dinero. También visitaba comunidades en vehículos adaptados, prometiendo y ejecutando obras públicas como escuelas, hospitales, carreteras, presas y, ya en 1992, el Faro a Colón. Esa cercanía física y esa lógica del favor personal le aseguraban el respaldo de buena parte del campesinado y de los sectores más empobrecidos. 

Como han señalado algunos análisis sobre el balaguerismo, este estilo sustituyó las reformas estructurales por la ayuda personal y la mediación directa del líder. El Estado balaguerista funcionaba así como una gran maquinaria de beneficencia que aseguraba lealtades políticas a

cambio de asistencia mínima, empleos públicos, promesas de vivienda y obras visibles. En ese sentido, Balaguer representa la institucionalización del populismo dominicano: un modelo en el que el clientelismo reemplaza muchas veces la transformación social profunda, heredando rasgos del trujillismo pero adaptándolos a una democracia controlada. 

Ese populismo, sin embargo, convivió con el fraude, la violencia política y fuertes restricciones democráticas, especialmente durante los Doce Años. Aunque Balaguer se presentaba como benefactor y protector del pueblo, su poder también descansó en mecanismos de represión y control. En ese período actuaron grupos paramilitares como “La Banda Colorá”, y se reportaron cientos de asesinatos políticos entre 1966 y 1969. Es decir, el pueblo era invocado, ayudado y celebrado en el discurso, pero también vigilado y disciplinado en la práctica. 

En Balaguer, el populismo dominicano alcanzó una forma particularmente duradera: conservadora, electoral, caritativa, nacionalista y profundamente personalista. Su estilo, más sobrio y menos visceral que otros populismos latinoamericanos, resultó sin embargo muy eficaz para mantenerse en el poder. Por eso puede decirse que con él el populismo dominicano dejó de ser solo una práctica coyuntural y pasó a convertirse en una forma estable de ejercer la política. 

Antonio Guzmán Fernández (1978-1982) 

Antonio Guzmán Fernández representa una etapa de transición hacia un populismo democrático más moderado. Como primer presidente opositor después de largos años de predominio balaguerista, su figura estuvo más asociada a la apertura política, al respeto institucional y a la recuperación de las libertades civiles que a un populismo fuerte en el sentido clásico. Su principal mérito fue encarnar la alternancia pacífica y contribuir a la consolidación democrática en un país marcado hasta entonces por el autoritarismo y las restricciones a los derechos humanos. 

Aun así, en su discurso había ciertos elementos de apelación al pueblo, sobre todo cuando se presentaba como una alternativa frente al autoritarismo anterior. No fue un líder mesiánico ni especialmente clientelista, sino más bien un político pragmático, de tono moderado y con una imagen vinculada a la honestidad y al rechazo de la corrupción. Su gobierno impulsó algunas medidas de inclusión social, especialmente en el ámbito agrícola, que era el sector con el que más se le identificaba, aunque sin recurrir a grandes gestos populistas ni a una movilización masiva de tipo carismático. 

Por eso, más que un populista clásico, Guzmán suele ser visto como un artífice de la consolidación democrática dominicana. Su gobierno buscó estabilizar la vida institucional y ampliar libertades que habían sido muy limitadas en etapas anteriores. Su trágico suicidio en 1982, en medio de fuertes presiones políticas y económicas, marcó de manera dramática el final de ese ciclo. 

Salvador Jorge Blanco (1982-1986) 

Salvador Jorge Blanco combinó una orientación socialdemócrata con rasgos de un populismo condicionado por la crisis. Su gobierno estuvo marcado por la deuda externa, los ajustes acordados con el Fondo Monetario Internacional y un fuerte deterioro económico que generó gran malestar social. En ese contexto, su estilo fue más institucional que carismático o visceral, aunque recurrió en varios momentos a una retórica de cercanía con el pueblo para justificar decisiones difíciles y mantener respaldo político.

Durante su campaña de 1982 se usaron consignas como “El pueblo está con el mejor, el pueblo está con Salvador”, una fórmula que apelaba de manera directa a la identificación popular con su figura. Sin embargo, ya en el gobierno tuvo que enfrentar una realidad mucho más tensa. Los aumentos de precios y las medidas de ajuste provocaron protestas masivas, especialmente en 1984, cuando estalló la llamada “poblada”, reprimida con violencia. Aunque en algunos momentos intentó conceder medidas sociales para contener el descontento, su respuesta combinó concesiones limitadas con represión. 

Por eso, su gobierno suele verse como un caso de populismo más bien reactivo, condicionado por la crisis y por la necesidad de responder al descontento social sin contar con una base carismática sólida. Más que un populismo clásico, el suyo fue un liderazgo atrapado entre el discurso popular, las exigencias del ajuste económico y un manejo político que terminó siendo muy cuestionado. Su administración, de hecho, ha sido evaluada de forma negativa por los problemas de corrupción y por la manera errática en que enfrentó la crisis. 

Peña Gómez y la democratización de la apelación popular 

José Francisco Peña Gómez ocupa un lugar central en esta historia, aunque no siempre reciba la misma atención cuando se habla del populismo dominicano. Su liderazgo fue extraordinariamente carismático y su capacidad de movilización popular, enorme. Peña Gómez supo hablarles directamente a los barrios, a los pobres y a los excluidos, con un lenguaje encendido, cercano y profundamente emocional. En muchos sentidos, representó una variante plebeya y democrática de la política de masas en la República Dominicana posterior a 1978. 

Aun así, su caso exige matices. Peña Gómez fue más bien un gran tribuno popular y democrático que un populista clásico en sentido estricto, porque su práctica política estuvo muy ligada al pluralismo partidario, a la competencia electoral y a la defensa de elecciones libres. Su figura, sin embargo, encarna como pocas la apelación directa al pueblo, el peso de la oratoria y la personalización del liderazgo como recursos centrales de la política dominicana. 

Puede decirse que Peña Gómez fue el gran arquetipo del liderazgo carismático y oratorio en la democracia dominicana: discursos emotivos, lenguaje popular, fuerte conexión con los sectores más vulnerables, en especial con los pobres, los negros y los mulatos, y una constante oposición simbólica entre pueblo y oligarquía. Llenaba plazas, estadios y calles con una capacidad de convocatoria poco común, hasta el punto de convertirse para muchos en un símbolo vivo de la democracia popular. 

En sus campañas, esa conexión se expresaba en frases de fuerte carga emocional y en una presencia pública que reforzaba la idea de que él hablaba desde y para el pueblo. Su derrota en 1996, por un margen estrecho frente a Leonel Fernández y en medio de la alianza entre Balaguer y Bosch contra su candidatura, confirmó tanto su fuerza popular como los límites que las élites políticas estaban dispuestas a imponerle. Por eso, aunque no encaje del todo en la categoría de populista clásico, Peña Gómez confirma que la apelación directa al pueblo, el liderazgo carismático y la identificación emocional con las masas siguieron siendo elementos decisivos en la competencia política dominicana.

Jorge Daza

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