El 12 de octubre nos invita a reflexionar sobre un acontecimiento que transformó profundamente la historia de América y del mundo. La llegada de la expedición de Cristóbal Colón en 1492 abrió un proceso de contactos, conquistas y cambios cuyas consecuencias siguen presentes en nuestras sociedades. Conmemorar esta fecha exige mirar ese pasado con sentido crítico y reconocer tanto sus aportes culturales como el sufrimiento que produjo.
En su texto Significado del 12 de octubre en Santo Domingo y en la América hispánica, Juan Daniel Balcácer destaca la importancia de aquel acontecimiento en la formación de los pueblos hispanoamericanos y el papel de Santo Domingo en ese proceso. Su lectura nos lleva a pensar en nuestras raíces indígenas, europeas y africanas, y en cómo estas contribuyeron a formar la sociedad dominicana. También nos plantea una responsabilidad: comprender que esa formación ocurrió en condiciones profundamente desiguales.
Hablar de un encuentro de culturas no debe hacernos imaginar una relación entre pueblos con las mismas posibilidades de decidir. Para las poblaciones indígenas, la conquista significó la pérdida de autonomía, la explotación y la destrucción de buena parte de sus formas de vida. Para las personas africanas trasladadas por la fuerza a América, significó el desarraigo y la esclavitud. Reconocer estas experiencias permite dar un lugar en nuestra memoria a quienes padecieron la dominación y a quienes resistieron.
Al mismo tiempo, nuestra historia también contiene intercambios, conocimientos y creaciones culturales que hoy forman parte de lo que somos. La lengua española, resaltada por Balcácer, constituye una herencia fundamental, enriquecida en América por las experiencias y las voces de sus pueblos. Junto a ella permanecen las huellas indígenas y africanas en nuestra alimentación, nuestras expresiones, nuestra música y nuestras maneras de vivir. Valorar estas herencias requiere reconocer la dignidad de todos los grupos que las hicieron posibles.
Desde la perspectiva dominicana, recordar la importancia histórica de Santo Domingo implica mirar más allá de sus monumentos y sus primacías. También debemos preguntarnos por las vidas de quienes construyeron aquella sociedad: sus trabajos, sus sufrimientos, sus luchas y sus aspiraciones. Las edificaciones conservan una parte del pasado; la investigación y la enseñanza de la historia nos ayudan a comprender las experiencias humanas que contienen.
Por eso, el 12 de octubre debe ser una oportunidad para ampliar nuestra memoria y revisar cómo contamos nuestra historia. En las aulas, en las familias y en los espacios públicos, podemos aprovechar esta fecha para dialogar sobre nuestras raíces, cuestionar los prejuicios y reconocer el valor de la diversidad cultural.
Conmemorar con responsabilidad significa asumir una historia compleja, con sus aportes y sus heridas. Honrar esa memoria exige construir una sociedad en la que el origen, el color de la piel o las diferencias culturales nunca sean motivos de exclusión. El pasado adquiere un sentido más profundo cuando nos ayuda a reconocer la dignidad de quienes estuvieron antes y a respetar la de quienes conviven con nosotros.
Prof. Anthony Almonte: docente e investigador universitario.