Ver, ser y sentirlo todo es una de las cualidades reservadas al infinito. Los seres humanos, condenados a la finitud del tiempo, buscamos con premura conocer el cosmos por las vías más rápidas posibles, antes de que la llama de la incertidumbre se apague en nuestro pecho. Mucho se ha escrito sobre este tema: numerosos filósofos se han empeñado en lamentar el poco tiempo que le es asignado a cada persona bajo el sol, pero pocos mencionan la asociación, tan antigua como persistente, entre el alma humana y los ritmos del día y de la noche.
Cabría preguntarse qué acciones se repiten con más frecuencia durante el día y cuáles reservamos para la noche, y si acaso esa distribución no revela ya una primera forma de finitud: la que separa lo que hacemos de lo que apenas nos atrevemos a sentir. "El Aleph", de Jorge Luis Borges, se instala precisamente en esa tensión entre el deseo de totalidad y los límites del cuerpo, del lenguaje y del tiempo que tiene todo ser humano para conocerla y que se puede encontrar en algo diminuto.
El relato no comienza, significativamente, con el hallazgo del Aleph, sino con una muerte. La desaparición de Beatriz Viterbo es el hecho que pone en marcha toda la historia, como si Borges quisiera dejar entredicho que nada de lo que sigue habría ocurrido sin esa desgracia inicial. Es un recurso que revela algo más profundo que una simple decisión narrativa: la literatura, al menos en este cuento, nace de la ausencia como en muchas otras.
El narrador no visita la casa de Daneri por curiosidad intelectual cosa que desagradaba hablarla con este personaje tan importante para la historia, sino por fidelidad a un duelo, y es ese duelo el que termina abriéndole la puerta a la revelación cósmica. La muerte, entonces, no es solo el punto de partida cronológico del relato, sino su condición de posibilidad de muchas otras acciones y desilusiones que pasaran después.
Cabe destacar la manera en que Daneri ubica a Borges con respecto al lugar donde se encuentra el Aleph. No es un dato menor: para acceder a él hay que descender a un sótano, a un espacio que se sobreentiende fuera del alcance de la luz. Ese descenso recuerda, casi de forma inevitable, al descenso dantesco hacia el infierno, un purgatorio al que se llega por pura curiosidad y del que se sale, no con una revelación edificante, sino con una suerte de desilusión existencial y casi asqueaste de la vida tal como la conocía antes.
La coincidencia de nombres entre Dante Alighieri y Carlos Argentino Daneri no parece casual: Borges, lector voraz de la tradición clásica y de los relatos antiguos, construye a su personaje como un espejo deformado y burlesco del poeta florentino, un guía que, a diferencia de Virgilio, no conduce a ninguna salvación sino a la constatación de los propios límites y se trasluce a través del relato como alguien con un miedo intrínseco y muy profundo por la mera existencia.
Otro elemento que merece un análisis detenido es la exclusividad del sentido de la vista en el episodio central del cuento. El Aleph solo podía ser visto desde un punto diminuto en el que únicamente cabía el ojo; no podía ser escuchado, ni sentido, ni interpretado por ningún otro sentido. La cantidad de veces que Borges recurre al verbo ver en ese pasaje no es un detalle estilístico literario casual, sino una insistencia deliberada: se trata de una experiencia que exige entrar en contacto directo con el ojo para poder creer en ella. Esa necesidad de ver para creer revela, además, una desconfianza de fondo hacia el propio lenguaje, el mismo que después será insuficiente para narrar lo visto. No es casual que, tras la experiencia, sobrepensemos las cosas antes de decirlas: el narrador enfrenta el mismo problema al intentar poner en palabras una totalidad que, por definición, excede cualquier frase.
El Aleph puede relacionarse, en este sentido, con la Cábala, en la medida en que ambos remiten a la búsqueda de una realidad oculta, infinita y trascendente si se podría llamar así el infinito que Borges trata de mostrar en este relato. Sin embargo, mientras la tradición cabalística persigue una experiencia de unión con lo divino, Borges transforma esa búsqueda en una reflexión estrictamente literaria sobre el infinito y sobre los límites del conocimiento humano. El narrador logra contemplar la totalidad del universo, pero no consigue expresarla por completo mediante el lenguaje. Ver la totalidad, nos dice Borges, no equivale a comprenderla, y mucho menos a poder comunicarla como se debería o tal vez como quisiéramos, por eso, callar es nuestro mayor remordimiento.
Esa vocación religiosa del arte (la de ficcionar la grandeza y la existencia en busca de una igualación con un dios, quizás con el único Dios) explica también la función que cumple el alcohol en la trama del relato, esta no es muy desarrollada, pero de no encontrarse el personaje principal embrigado de alcohol y penas tal vez no hubiera aceptado realizar ese acto tan infantil que supone mirar el Aleph como le explicó Daneri. Es solo bajo sus efectos que Daneri se atreve a revelar el secreto que guarda en su sótano; el alcohol opera como el elemento que disuelve el decoro social y habilita la revelación de lo sagrado, de manera muy similar a como operaban los ritos dionisíacos en la tradición griega que tanto fascinaba a Borges. La embriaguez, lejos de ser un detalle costumbrista, funciona como umbral: solo desinhibido puede el hombre mediocre entregar, sin saberlo del todo, el objeto más extraordinario que ha poseído jamás, además de ese uso excesivo literario que se la ha dado a ese estado en el que las personas llegan a través del alcohol.
Y, sin embargo, haberlo visto todo no conduce a los personajes a ninguna forma de plenitud. Verlo y sentirlo todo, paradójicamente, equivale a no querer ya nada y a no buscar nada más. El Aleph (el todo) puede estar en cualquier parte, sin distinción entre lo grandioso y lo nimio, y quizás por eso los personajes no terminan venerándolo: terminan, en cambio, volviendo a lo que les gustaba hacer y extrañando a quienes amaban, en esa misma secuencia trivial de la vida cotidiana. El dato de que Borges se quedaba apenas veinticinco minutos cada vez que visitaba el Aleph, una sola vez al año, funciona en el relato como un contrapeso irónico: la revelación más grande del universo, reducida a un hábito doméstico, casi burocrático entendido desde este punto de vista. Borges parece sugerir que ni siquiera lo infinito resiste demasiado tiempo de contemplación continúa haciendo contraste de que él hubiera conocido el Aleph desde la primera visita.
Existe, además, un gesto muy humano que el relato pone en evidencia. Este se explica cuando la tendencia a desmerecer lo que hemos visto y vivido, a decir que no fue real o que existen experiencias ajenas más genuinas que la propia. Ese gesto de desconfianza hacia la propia experiencia (y hacia el testimonio ajeno) encuentra un eco muy claro en la tradición griega que Borges tanto admiraba, particularmente en la figura de Casandra, la profetisa condenada a decir siempre la verdad sin ser jamás creída. Así como nadie da crédito a las visiones de Casandra, tampoco el lector del cuento, ni buena parte de la crítica literaria posterior, logra ponerse de acuerdo sobre qué fue realmente lo que Borges narrador vio en ese sótano de la calle Garay. Hay quienes sostienen que se trata de una alucinación producto del despecho amoroso, y otros que defienden la literalidad del prodigio; esa falta de consenso no es un defecto del cuento, sino la prueba de que Borges construyó deliberadamente una experiencia que se resiste, como el propio Aleph, a un análisis cerrado.
Después de todo, entre toda la grandeza de lo infinito, lo que se busca sigue siendo la esencia más elemental de la vida humana: el amor, el amor por las cosas el amor por personas, el amor por sí mismos. Borges, en el Aleph, no ve la totalidad del cosmos como un fin en sí mismo, sino que ve, entre todas las cosas, a Beatriz. Esa es quizás la revelación verdadera del cuento: que incluso frente a la posibilidad de contemplarlo todo, el ser humano solo tiene ojos para lo que ha perdido. Duele más, en definitiva, comprobar cómo sigue cambiando el mundo en ausencia de la persona amada que conservar la simple imagen de esa persona; el tiempo, esa misma finitud con la que se abre esta reflexión, continúa su curso indiferente al asombro, y es en esa indiferencia donde Borges encuentra la verdadera dimensión trágica del infinito: no en su inmensidad, sino en su absoluta incapacidad de devolvernos lo que ya no está y el que mundo siguió su curso normal sin esa persona.
El Aleph no es más que la naturaleza, el Aleph no es más que Dios….
Jeisson Rafael Rojas nació y vive en Moca, tierra que le dio raíces y le enseñó a mirar el mundo con ojos propios. Educador y avicultor, camina entre aulas y campos como quien sabe que la vida crece en lugares inesperados. Formado en Políticas e Investigación Educativa, descubrió la escritura en la secundaria, cuando las palabras dejaron de ser signos y se convirtieron en refugio. Cortázar lo marcó para siempre: esa manera de hacer extraño lo familiar vive también en sus versos.