Breve historia del populismo en la República Dominicana I

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Por Jorge Luís D’Aza Tineo 

Introducción 

Hablar del populismo en la República Dominicana exige hacer una aclaración desde el inicio: no todo liderazgo carismático, nacionalista o cercano al pueblo es, automáticamente, populista. En la historiografía y en la ciencia política, el populismo suele entenderse como una forma de ejercer y construir poder en la que un líder se dirige directamente al “pueblo”, sobre todo a los sectores populares, rurales o marginados, y lo enfrenta a unas élites presentadas como corruptas, antipatrióticas o alejadas de los intereses nacionales. Por lo general, ese estilo político se apoya en el personalismo, en una fuerte carga emocional, en la polarización entre “los de arriba” y “los de abajo”, y en un lenguaje redentor que promete protección, justicia o salvación. Según el contexto, también puede combinarse con políticas redistributivas, clientelismo, movilización de masas e incluso rasgos autoritarios. 

Como fenómeno político latinoamericano, el populismo alcanzó su forma clásica entre las décadas de 1930 y 1960. En la República Dominicana, su cristalización más clara se dio en el siglo XX, especialmente durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, aunque sus antecedentes pueden rastrearse mucho antes. Por eso, reducir el populismo dominicano únicamente al trujillato sería simplificar demasiado el problema. Más que un fenómeno reciente o una anomalía pasajera, el populismo ha sido una constante mutable de la política dominicana: una forma de relación entre el poder y las masas que ha adoptado distintos rostros según la época. 

La trayectoria dominicana, en ese sentido, es singular. Desde el momento fundacional de la República ya pueden observarse usos tempranos de una retórica popular y nacional que, sin ser todavía populismo en sentido estricto, anticipan varios de sus mecanismos. Más adelante, esa lógica adquirió una forma mucho más definida en el populismo autoritario del trujillato y luego se transformó en versiones democráticas, clientelares e incluso tecnocráticas en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Lo importante es entender que no se trata de episodios aislados, sino de una tradición política que ha sabido adaptarse y sobrevivir a distintos sistemas y coyunturas. 

En ese marco, el populismo dominicano puede entenderse como el hilo conductor que ha marcado la relación entre liderazgo, pueblo y poder a lo largo de la historia nacional. Se manifiesta en la figura del líder carismático que se presenta como intérprete directo de la voluntad popular, en el discurso que contrapone al pueblo con las élites, y en el uso de políticas redistributivas o clientelistas para construir legitimidad y lealtades. Su forma cambia, pero su lógica profunda permanece. Por eso puede hablarse de una evolución que va desde las primeras apelaciones populares y nacionalistas del siglo XIX, pasa por la maquinaria autoritaria de Trujillo y continúa en las prácticas políticas de figuras como Juan Bosch y Joaquín Balaguer. 

Trujillo representa el momento en que esa tradición se convierte en un sistema de poder plenamente estructurado. Su régimen, entre 1930 y 1961, coincidió con la época del llamado “populismo clásico” latinoamericano, aunque en su caso siempre ha existido debate académico sobre hasta qué punto puede considerársele un populista en sentido puro, debido al peso extraordinario de la represión, el terror estatal y el control totalitario. Aun así, su liderazgo personalista, su exaltación nacionalista, su

identificación simbólica con la patria y su manera de presentarse como protector del pueblo permiten verlo como una expresión autoritaria del populismo dominicano. 

Tras la caída de Trujillo, ese estilo no desapareció; más bien se transformó. Con Juan Bosch, la apelación al pueblo asumió un cariz más democrático y reformista. Bosch encarnó una versión del liderazgo popular basada menos en el miedo y más en la promesa de justicia social, educación cívica y transformación institucional. Joaquín Balaguer, por su parte, consolidó una forma distinta pero igualmente duradera de populismo, marcada por el paternalismo, el clientelismo, las obras públicas, la concentración del mando y la imagen del gobernante como garante del orden y protector de los pobres. En ambos casos, aunque desde proyectos distintos, el vínculo directo entre líder y pueblo siguió ocupando el centro de la política. 

Visto en perspectiva, el populismo dominicano no puede entenderse como una simple copia de los modelos latinoamericanos ni como una rareza local. Es, más bien, una práctica histórica que ha mutado para adaptarse a diferentes contextos, preservando siempre ciertos rasgos esenciales: el personalismo, la apelación emocional al pueblo, la desconfianza hacia las élites, el uso del nacionalismo como fuente de legitimidad y la tendencia a concentrar el poder en figuras providenciales. Desde las formas tempranas de retórica popular en el siglo XIX hasta las expresiones autoritarias, democráticas y clientelares del siglo XX, el populismo ha sido una de las claves más persistentes para entender la identidad política dominicana. 

Proto-populismo y el miedo a la esclavitud: Duarte y Santana (1843-1844) 

El populismo, en sentido amplio, aparece cuando surge un liderazgo carismático que se dirige directamente al “pueblo”, sobre todo a los sectores populares, rurales o marginados, y lo enfrenta a unas “élites” presentadas como corruptas, traidoras o distantes de los intereses nacionales. Suele expresarse a través de un discurso cargado de emoción, nacionalismo, polarización y, muchas veces, de un tono casi mesiánico. Se alimenta del miedo, de la promesa de protección y de la creación de enemigos internos o externos. Aunque la palabra “populismo” se hizo común en el siglo XX, varias de sus prácticas, como la movilización masiva, la retórica antiélite, el lenguaje salvacionista y la politización de las angustias populares, ya pueden verse en la historia dominicana desde el propio proceso de Independencia. 

Por eso, reducir el origen del populismo dominicano al siglo XX resulta demasiado simple. Es verdad que llamar “populista” a Juan Pablo Duarte, en el sentido moderno del término, sería anacrónico. Duarte no fue un caudillo de masas como Perón, Vargas o Cárdenas, ni contó con un aparato estatal desde el cual hablarle de forma permanente al pueblo. Pero también es cierto que entre 1843 y 1844 ya aparecen formas tempranas de apelación popular, polarización política y construcción del adversario como enemigo de la nación. Más que de populismo propiamente dicho, habría que hablar de un proto-populismo o de tácticas prepopulistas en el contexto de la lucha por la soberanía. 

Esa lectura ha sido desarrollada, entre otros, por Pablo Mella en Los espejos de Duarte (2013). En esa obra, Mella cuestiona la visión tradicional y casi sagrada de los Padres de la Patria como figuras puramente idealistas. A través del contraste entre la narrativa patriótica y los documentos del período, presenta a un Duarte que no solo fue un patriota íntegro, sino también un actor político

hábil, capaz de movilizar sectores populares con recursos emocionales y un lenguaje intensamente dramático. 

Durante la crisis de 1844, Duarte y sus aliados, entre ellos José Joaquín Puello, apelaron a los temores de los sectores negros y mulatos, muchos de ellos antiguos esclavos o descendientes de esclavos, que veían con inquietud la posibilidad de perder la libertad alcanzada en tiempos de la ocupación haitiana. Según la correspondencia del cónsul francés Eustache Juchereau de Saint Denys con François Guizot, Duarte y Puello difundieron entre esos sectores la idea de que las élites conservadoras y afrancesadas, encabezadas por Tomás Bobadilla, querían imponer un protectorado francés, ceder Samaná y restaurar la esclavitud. Ese relato movilizó a un número importante de oficiales y soldados negros, que vieron en la causa duartista una defensa directa de su libertad y de la soberanía nacional. En ese ambiente se produjo el golpe del 9 de junio de 1844 contra la Junta Central Gubernativa afrancesada, episodio que algunos han llamado el “18 Brumario dominicano”. 

No fue simplemente demagogia vacía, sino una estrategia política eficaz en un momento decisivo. El miedo a la reesclavización y a la entrega de la patria a una potencia extranjera sirvió como motor de movilización popular frente a unas élites conservadoras que eran vistas como capaces de sacrificar la independencia. En ese sentido, Duarte puede leerse como exponente de un proto-populismo liberal y nacionalista: antielitista, antiextranjero, emocionalmente poderoso y orientado a incorporar al pueblo llano, especialmente a negros y mulatos, como sujeto político de la nación que estaba naciendo. 

Pero esa misma coyuntura también deja ver el carácter conflictivo y especular de la política dominicana desde sus inicios. Pedro Santana respondió con un recurso parecido. En su bando del 28 de julio de 1844 negó que quisiera restaurar la esclavitud y, al mismo tiempo, acusó falsamente a Duarte de querer introducirla mediante una supuesta alianza con Colombia, un argumento absurdo si se toma en cuenta que la Gran Colombia ya no existía y que además había abolido la esclavitud. Más allá de lo falsa que fue esa acusación, el episodio revela que desde el nacimiento de la República la lucha política se articuló muchas veces alrededor del miedo, de las acusaciones de traición y de apelaciones emocionales al pueblo, por encima del debate institucional o programático. 

Así, la Independencia dominicana no solo marca el nacimiento de la nación, sino también el surgimiento de un estilo político en el que la legitimidad se disputa mediante la movilización popular, la exaltación patriótica y la demonización del adversario. No conviene exagerar hasta decir que Duarte fue el “fundador del populismo dominicano” en sentido pleno, pero sí es válido reconocer que en esos años aparecieron mecanismos discursivos y políticos que después se volverían recurrentes en la vida nacional. 

Por otro lado, Pedro Santana encarnó otro rasgo clave de la tradición política dominicana: el liderazgo personalista sostenido en el prestigio militar, el mando directo y la promesa de orden. En él todavía no hay populismo moderno, pero sí una matriz caudillista y autoritaria que más adelante facilitaría la aparición de liderazgos que hablarían en nombre del pueblo mientras concentraban el poder. La debilidad institucional del siglo XIX, la ruralización del poder y la centralidad del caudillo prepararon el terreno para que la figura del líder providencial se volviera una constante en la política dominicana. 

Esa estructura de larga duración ayuda a explicar por qué el populismo dominicano, ya en el siglo XX, asumió formas más definidas. Rafael Leónidas Trujillo convirtió esa tradición personalista en una

maquinaria autoritaria de masas, basada en el culto al líder, el nacionalismo extremo, la manipulación del miedo y la identificación del dictador con la patria misma. Con Juan Bosch, en cambio, la apelación directa al pueblo tomó una forma democrática y reformista: ya no desde la lógica del terror, sino desde la promesa de justicia social, pedagogía cívica y reivindicación de los sectores excluidos. Joaquín Balaguer, por su parte, rehízo el populismo en clave conservadora y clientelar, combinando obras públicas, paternalismo estatal, concentración del mando y una hábil manipulación simbólica de la figura del protector. 

Visto así, el populismo dominicano puede entenderse como una tradición política de larga duración, marcada por el liderazgo carismático y personalista, la apelación directa al pueblo frente a élites o enemigos de la nación, el uso del nacionalismo como fuente de legitimidad y la tendencia a sustituir la institucionalidad por la autoridad del líder. Sus raíces no deben buscarse solo en Trujillo, Bosch o Balaguer, sino en una cultura política que comenzó a perfilarse desde la propia Independencia, cuando la soberanía, la libertad y el miedo colectivo se convirtieron en instrumentos de movilización política. Lo que cambia con el tiempo no es tanto la lógica de fondo como sus formas históricas: del proto-populismo independentista al autoritarismo trujillista, del reformismo boschista al clientelismo balaguerista.

Jorge Daza

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